En defensa de la sirenita

De todas las princesas Disney, Ariel era la mejor: era lista y curiosa, guapa, tenía los mejores vestidos y vivía en el océano. Y, además, era una princesa sirena, que es mucho mejor que ser una princesa normal. Yo he preferido siempre los cuentos de sirenas a los demás, y quiero decir los de mujeres-pez, mujeres del mar (mer-maids). De hecho, fue una decepción enterarme de que las de la mitología clásica eran horribles aguiluchos marinos.

Con los años, fui entendiendo que no me convertiría nunca en sirena, así que Ariel quedó un poco abandonada, pero siempre le he guardado mucho cariño. Mi primer sueldo lo invertí en el libro más bonito que tengo, los Cuentos de hadas de Andersen ilustrados por Harry Clarke. La ilustración de La sirenita quizás sea la mejor de todas.

Harry Clarke, 1920

Como seguramente sabéis, el cuento original difiere de la versión de Disney. En el fondo del mar, donde no llegan las anclas de los barcos, hay un palacio donde viven los reyes del mar y sus seis hijas. En su quince cumpleaños salen de las profundidades por primera vez; hasta entonces se tienen que conformar con sus árboles mágicos y sus peces fantásticos. La princesa más pequeña, la sirenita, es la que más ganas tiene de ver la superficie. Escucha con avidez las historias que su abuela le cuenta de los humanos, y adora la estatua de un príncipe que tiene en el jardín. Cuando por fin cumple los quince,  sube a disfrutar del sol, la playa y los fuegos artificiales: en un barco majestuoso se celebra el aniversario del príncipe del lugar. Por desgracia, una tempestad acaba con la fiesta, el barco zozobra y el joven cae al agua. El flechazo es inmediato, y se apresura a salvarlo de morir ahogado. Por la mañana le deja en la playa, donde lo encuentran unas muchachas mientras ella observa desde la lejanía.

La sirenita regresa a su palacio enamorada y con una pregunta que le plantea a su abuela: si los humanos no se ahogan, ¿no se mueren nunca? «¡Claro que se mueren! —dice la anciana— Y además sus vidas son más cortas que las nuestras. Nosotros llegamos a los trescientos años, pero, cuando dejamos de existir, nos convertimos en espuma de mar (…) Los seres humanos tienen un alma que sigue viviendo después de que el cuerpo se ha convertido en polvo. ¡Se eleva hasta las estrellas por el diáfano cielo! Así como nosotros salimos del mar para ver las tierras de los hombres, ellos suben a maravillosos lugares desconocidos». Ante tal situación, la sirenita pregunta si no podría ser ella también inmortal. La abuela le responde así: «Solo si un humano te amara de tal modo que llegaras a ser para él más importante que su madre y su padre (…) Él te daría su alma y al mismo tiempo conservaría la suya. ¡Pero eso es imposible! Y con lo bonita que queda en el mar tu cola de pez, allá arriba, en la tierra, les parece horrible: ellos necesitan dos torpes columnas que llaman piernas».

Aunque disfruta de las alabanzas que todos hacen de su voz y sus gracias bajo del mar, la sirenita ya tiene solo una cosa en la cabeza: quiere que el príncipe la ame y la haga inmortal. De tal modo que se va a ver a la bruja de los mares, y hacen un trato: le dará dos piernas, pero cada vez que camine sangrará y le dolerá como si le clavaran cuchillos y agujas. Si no consigue casarse con el príncipe, se convertirá en espuma. A cambio, la sirenita le dará a la bruja su lengua, es decir, se quedará sin su preciosa voz. Ella acepta. Toma la poción mágica y sube a la superficie, donde consigue sus piernas entre grandes sufrimientos y es descubierta por el príncipe. Este la acoge como a una mascota: la lleva a todas partes y la deja dormir entre terciopelos, pero no corresponde a su amor. Está enamorado de la joven que vio cuando abrió los ojos en la playa después del naufragio, una muchacha que cree que no volverá a ver y se parece mucho a la sirenita. En cualquier caso, sus padres han concertado su matrimonio con la princesa del reino vecino.

Finalmente, llega el día de la boda, que también se celebra en un barco. Maravillado, el príncipe descubre que la princesa con la que se tiene que casar es la misma chica de la que se enamoró. Todos han tenido suerte menos la sirenita, que empieza a asumir que se convertirá en espuma. Con el corazón roto, decide disfrutar de su última noche: ríe y baila, aunque le duelan los pies, espera a la aurora, aguarda su muerte. En el último momento, sin embargo, aprarecen entre las olas sus hermanas. Estas han hecho otro pacto con la bruja: se han cortado el pelo y esta les ha dado a cambio un cuchillo para que mate al príncipe y vuelva a convertirse en sirena. La princesa, viendo a la feliz pareja en su noche de bodas, se debate con el cuchillo en la mano: ¿Mata al príncipe, o acepta su muerte? Con un suspiro, lanza el cuchillo a las olas, y a continuación se tira al mar.

Arthur Rackham, 1932

Pero no muere. Andersen decide convertirla en un espíritu del aire, que no es inmortal pero puede llegar a serlo si hace buenas obras durante trescientos años. Así que la sirenita se transforma en un soplo de viento que sonríe a la pareja felizmente casada. Después, se va a recorrer el mundo, vela por los niños bondadosos y llora cuando estos se portan mal. Una última vuelta de tuerca moralista, quizás un poco forzada. ¡Pero no muere! De hecho sube de categoría, porque los espíritus del aire no son monstruos como las sirenas, sino almas puras que pueden vivir para siempre. Si en los trescientos años siguientes los niños nos portamos bien, lograremos que la sirenita se convierta en inmortal.

«A diferencia de la Motte Fouqué en Undine [otro relato de sirenas], no he dejado que el alma inmortal de la sirena dependiera de una tercera persona, del amor de un ser humano. ¡Estoy seguro de que eso está mal! Dependería mucho de la suerte, ¿no es así? No lo acepto. He permitido a mi sirena seguir un camino más natural, más divino. Ningún otro escritor, creo, lo ha propuesto aún, y por eso estoy encantado de incluirlo en mi cuento».


Consideremos un momento estas palabras que Andersen dirige a su amigo Ingemann. Como con todos los demás cuentos de princesas, la crítica estos últimos años ha destrozado La sirenita: ha dicho que es una apología del sacrificio sin límites de la mujer, que es demasiado cruel, que castiga la curiosidad femenina, que está lleno de imágenes de una pubertad terrible, que el suicidio es la única alternativa al amor romántico. Todo esto son lecturas cuya validez no negaré, algunas son interesantes (por ejemplo, el estudio del suicidio femenino en los cuentos de hadas en Transformations, de Anne Sexton). Sin embargo, creo que pecan de victimizar a la sirenita, negarle su capacidad de acción y decisión.

Algunos críticos opinan que el relato es un intento de Andersen de encontrar paz después del matrimonio de su mejor amigo Edvard, de quien habría estado perdidamente enamorado. La escritura como manera de gestionar estas situaciones es recurrente. A Willa Cather le pasó lo mismo, y escribió una de las mejores obras de la literatura americana, My Ántonia. ¡Bienvenido sea el remedio! Además, creo que nos permite leer la historia desde otro punto de vista. Supongamos, pues, que es verdad.

Desde luego, La sirenita es un relato misógino, y el sacrificio femenino es el gran tema de la obra. Sin embargo, igual que Andersen encontró la manera de escribir una obra de arte desde su sacrificio y su sufrimiento, podemos imaginar una sirenita con cierta agencia. Permitidme dejar aparte la cuestión de la edad, que es peliaguda. Imaginemos que es una joven algo mayor.

Harry Clarke, 1920

A la sirenita no «le pasa» nada, se busca todas las situaciones a las que se enfrenta. Desde el principio, es una muchacha curiosa por el mundo de los humanos, e incluso tiene una estatua de un príncipe en su jardín. Una estatua es una obra de arte que inmortaliza a una persona célebre. Así pues, la sirenita siente apego por la inmortalidad. Es verdad que se enamora del príncipe nada más verle, pero asume enseguida que no le puede poseer: si le lleva con ella al palacio, morirá ahogado. No, no quiere poseer al príncipe. Cuando vuelve al fondo del mar, no le pregunta a su abuela cómo puede conseguir el amor del hombre, le pregunta sobre la inmortalidad. El amor es, en gran medida, un simple medio para conseguirla. Y, más adelante, cuando va a ver a la bruja, esta adivina sus deseos: «Quieres librarte de tu cola de pez y tener en su lugar dos columnas para poder caminar igual que los humanos, para que el joven príncipe se enamore de ti y puedas conseguir tu alma inmortal».

Es verdad que, después de ver al príncipe, la sirenita se obsesiona con él. Se alía con la bruja y decide dejar atrás no solo su vida familiar, sino su voz, que es su talento y encanto principal. En la superficie, se convierte en una muchacha muda y graciosa que parece servir solo como mascota al príncipe (su «mudita», su «preciosa huerfanita»). Se humilla, e incluso podemos pensar que se aprovecha de ella: después de anunciarle su matrimonio «la besaba en la roja boca y jugueteaba con sus cabellos y ella apoyaba la cabeza en su corazón para soñar con la felicidad y el alma inmortal».

Aquí no hemos venido a hablar de si el príncipe se tenía que deconstruir o no —por Dios bendito, estamos hablando de la realeza decimonónica y de una corte de pobladores del mar—. Estamos hablando del papel que se da a la sirena, qué se le impone y qué no. Terrible sería la historia si la sirenita fuera feliz bajo del mar, y por un encantamiento se hubiera enamorado irremediablemente del príncipe. Terrible habría sido que la bruja le hubiera dado las piernas contra su voluntad, o que el príncipe la hubiera tomado por esposa sin estar ella dispuesta. Terrible habría sido que se hubiera suicidado realmente por el corazón roto. Pero, ¿es este el caso? No.

La sirenita era infeliz desde el inicio, y espera quince años hasta que logra su sueño, que es subir a la superficie (¡y no encontrar marido!). Si tenemos en cuenta su curiosidad y que lleva tiempo adorando a una estatua con su rostro, hasta el flechazo con el príncipe está justificado. Es inaudito que sea la princesa la que le rescata a él, y que además tome la iniciativa y le dé el primer beso nada más conocerlo. Cuando vuelve al mar, es capaz de disfrutar de los aplausos que le dan todos, pero tiene claro que eso no es lo que quiere. Así que recurre a la bruja, que le insiste varias veces antes de darle la poción. Pero ella decide seguir adelante. Deja su palacio y va hacia la superficie, en una especie de descenso a los infiernos invertido. Allí encuentra al príncipe, con quien tiene una vida humillante pero también estimulante: van a caballo, duerme en un palacio, lleva vestidos de seda y muselina. Y, recordemos, es su única posibilidad de lograr un alma inmortal.

Arthur Rackham, 1932

Es verdad, sin embargo, que la sirenita calcula mal: su amor no es correspondido, el príncipe no se quiere casar con ella. Se lo dice explícitamente: «“¿No me quieres más que a nadie?”, parecían decir los ojos de la sirenita cuando él la tomaba en sus brazos y le besaba en la frente. —Claro que te quiero más que a nadie —decía el príncipe—,  porque eres la que tienes mejor corazón, me eres fiel y me recuerdas a una muchacha que vi una vez, pero que seguramente jamás volveré a ver. Yo iba en un barco que zozobró, las olas me arrojaron a la tierra muy cerca de un precioso templo donde servían varias muchachas: la más joven de ellas me encontró en la orilla y me salvó la vida; solo la vi dos veces. Solo a ella podré amar en este mundo, pero tú te pareces a ella, casi sustituyes a su imagen en mi alma».

El principe asume que no podrá volver a ver a la muchacha, así que toma a la sirenita como sustituta. La sirenita acepta ese amor pigmaliónico: al fin y al cabo, ella ha pasado toda su infancia adorando una estatua. Su error es creer que la muchacha no volverá a aparecer, y que el príncipe descubrirá por arte de magia su verdadero valor. ¡Si tan solo supiera el príncipe que ella es su verdadera salvadora! ¡Si él la pudiera oir cantar! ¡Si pudiera contarle que es princesa de los mares! Todos sus lamentos son en vano: ha tomado unas decisiones, y tendrá que asumir las consecuencias.

Y así llegamos al final. Teniendo en cuenta que está a punto de morir, que ha perdido todo lo apostado y que su príncipe se va a casar con el amor de su vida, es normal que sea profundamente infeliz. Pero, pese a todo, esa última noche participa de la fiesta: «Todo fue alegría y diversión en el barco hasta muy pasada la medianoche; ella reía y bailaba con la idea de la muerte clavada en su corazón».

Me horrorizan las lecturas que lamentan que la sirenita no le clavara el cuchillo al príncipe. Sí, es verdad que sus hermanas hacen un gesto de sacrificio colectivo por ella, porque se vuelva a convertir y viva trescientos años bajo las olas. Pero es evidente que ella no quiere volver a ser una sirena y, además, ¿por qué tenía que asesinar al príncipe? Aunque haya sido algo manipulador, no la ha maltratado, y le ha dicho desde el principio quién era su verdadero amor. Ahora lo ha encontrado, y la novia parece feliz también. ¿Qué culpa tiene él de que la sirenita sea miserable? No mucha. En mi opinión, no merece morir.

Así que, una vez más, la sirenita decide sacrificarse, y tira el cuchillo al mar, deshaciendo así su pacto con la bruja. La historia no dice nada, pero suponemos que las hermanas no sufren más que un corte de pelo. Los príncipes son felices. ¡Y ella es consecuente!

Andersen tenía el poder de hacer que todo le fuera bien a la sirenita desde la primera línea, pero decide no hacerlo hasta el final. Sigue a su intrépida protagonista hasta que asume su parte del trato y se lanza a las olas, dispuesta a morir (no tengo claro que sea un suicidio desesperado: ¿Por qué no se suicida antes, cuando se consuma el matrimonio? ¿Por qué espera a la aurora?). Solo entonces, cuando la sirenita pierde efectivamente todo poder de acción, viene a su rescate el autor, y la convierte en un espíritu del aire.

El cuento recompensa la determinación de la princesa, y la convierte en aire, un elemento invisible pero que sí se puede oir, como la voz que había perdido. Además de abrirle las puertas de la inmortalidad, le permite seguir haciendo buenas obras, algo que sin duda está en el carácter de la princesa. Y, como guinda del pastel, le permite «esparcir el aroma de las flores», lo cual seguro que le hace muy feliz, porque cuando era pequeña «sobre todo le encantaba que allá arriba en la superficie las flores olieran —pues aquello no sucedía en el fondo del mar—».

Arthur Rackham, 1932

¿Cuál es, en definitiva, la moraleja? Haz lo que creas, y lo que quieras de verdad, y serás recompensada. Sé consecuente con tus decisiones, y serás recompensada. Puedes cometer errores terribles, y serás recompensada. Rechaza la violencia, y serás recompensada.

Tal vez el mundo te impide que te cases con un príncipe, pero quizás te convierta a cambio en un espíritu del aire. Si no quieres ser princesa de los mares, sino humana, ¡adelante! Puede que no lo consigas, pero puede que te lleve a convertirte en un alma que se dedica a hacer buenas obras por el globo. Y sobre el amor… Tú sabrás si te sale a cuenta ser la mascota de un príncipe que te dice que no te amará más que como imagen de otra persona. No será como tú quieres que sea, y sufrirás como si te clavaran cuchillos y agujas en los pies. Pero si tú crees que es lo correcto, ¿quién es el autor para decirte nada?

De lo que hizo Disney hizo con el cuento hablaremos otro día. Es una idea distinta, más cerca de la apología del amor romántico que todos tenemos en la cabeza, aunque tiene algunos puntos brillantes (por ejemplo haber llamado Ariel a la sirenita, como el espíritu del aire de La tempestad de Shakespeare). La cuestión es que La sirenita es mi cuento favorito, y lo defenderé contra viento y marea.

Os recomiendo los Cuentos de hadas de Andersen publicados por Zorro Rojo con las ilustraciones de Harry Clarke. También es fantástico leerlo dentro de The Annotated Classic Fairy Tales de Maria Tatar. Y, si os interesa la parte de la crítica, podéis leer el artículo “A Million Little Mermaidsde Virginia Borges.