Salir adelante

Este año se celebra el centésimo aniversario del nacimiento de Miguel Delibes. No sé si quien me lee conoce alguna de sus obras, o siquiera sabe quién es. Si el lector o lectora es vallisoletano, sin embargo, apuesto a que lo ha hecho.

Banco del Campo Grande
Un banco en el Campo Grande, parque de Valladolid por donde solía pasear Delibes

Por parte paterna, tengo una familia de Valladolid de toda la vida. En general, se puede decir que valoran la cultura, pero cuando se trata de los escritores locales el gusto se convierte en veneración. Para ser justos, la cuestión se reduce a dos escritores locales: José Zorrilla y Miguel Delibes —mucho menos de Jorge Guillén y Rosa Chacel, siempre dejados de lado—.

No quiero entretenerme ahora en la pasión por Zorrilla, aunque os aseguro que en mi casa se recita el Tenorio como en Italia la Comedia. No, centrémonos en Delibes. Miguel Delibes. Don Miguel. Mi abuelo Marcelo lo ha leído absolutamente todo de don Miguel, a quien a veces se encontraba paseando por la acera Recoletos. Parece ser que don Miguel era un verdadero ciudadano de a pie, además de un fantástico novelista, cuyas obras son tan profundas como accesibles.

Yo me fui de Valladolid con tres años y, a pesar de que mis padres siempre subían el volumen de la televisión cuando salía don Miguel, mi educación catalana me llevó por caminos. Solo ahora me he dado cuenta del escándalo familiar que supone que la nieta mayor, que casi ha acabado Filosofía y Letras, no haya leído más que tres libruchos de Delibes. En estas estaba hace un mes, cuando robé El camino de la colección de mi abuelo.

Valle de Valdivielso
El valle de Valdivielso

Por parte de madre, mi familia proviene del Valle de Valdivielso, al norte de la provincia de Burgos. Mi abuelo nació en Panizares y mi abuela en Herrán, y cuando se casaron fueron a vivir a Medina de Pomar, un pueblo más grande. Él era guarda forestal, pero tuvo que dejar de patrullar el monte cuando la familia empezó a crecer. Era difícil dar una buena escolarización a cinco niños en Medina, de manera que decidieron mudarse a la gran ciudad. Así empezó a trabajar en las oficinas de la consejería de Agricultura y Pesca en Valladolid, expidiendo, entre otras cosas, las licencias de caza de don Miguel.

Hace un par de años, mi abuelo Ángel empezó a escribir sus memorias. Lo hace en un cuaderno pequeño, que no debe tener más de veinte páginas escritas. Como tiene noventa años, repite a menudo las mismas anécdotas y reflexiones, y usa frases parecidas. Aun así, un día me entretuve leyéndolas y me gustaron mucho. Hay palabras que usa constantemente y que me encantan. Por ejemplo, dice que “el día está raso”, o que “va a hacer sus labores”. A mí no se me ocurriría nunca decir que el día está raso, con lo bonito que es. La forma en la que oigo o leo las expresiones de mi abuelo se parece a cuando oigo o leo un poema: su lengua se me hace densa y rica, me invita a zambullirme en ella.

Una de las expresiones que más salen en ese cuaderno es “sacar algo adelante”. En Panizares había que sacar adelante las cosechas, luego había que sacar adelante los hijos, la casa, las tareas. Es bien sencilla y la dice todo el mundo, pero paraos a pensar. Si no la usáramos en sentido figurado, sería como sacar castañas de un horno en vez de dejar que se quemen, o como sacar la ropa de la lavadora para ponerla a secar. Sacas algo de una situación hacia un estado posterior —del horno al paladar—.

Esto tiene dos implicaciones, si nos ponemos técnicos. La primera es que hay alguien que saca algo. No es común “sacarse adelante” a uno mismo. Así pues, una persona saca adelante otra cosa, como la familia, las cosechas o la casa. La segunda implicación es que hay algún sitio inicial del que “se sacan” las cosas y otro al que se llega y está más adelante. Hay un plan y se espera un progreso.

Entonces, cuando mi abuelo dice que “fuimos a Valladolid porque había que sacar los hijos adelante” está claro lo que quiere decir. Los padres decidieron mudarse a la ciudad para poder dar a los hijos una buena educación, con la idea de evitar su situación inicial de niños de pueblo que probablemente acabarían trabajando en la agricultura o en la metalúrgica de Bilbao, que queda más o menos cerca. El “adelante” aquí era la posibilidad de tener carreras universitarias, concebidas en aquella época como garantes de estabilidad y estatus.

Miguel Delibes y Ángeles de Castro
Don Miguel y doña Ángeles de Castro, su esposa

Está bien sacar cosas adelante. Tener proyectos, objetivos, intentar progresar. A veces, es fundamental aceptar la responsabilidad que tenemos sobre ciertas empresas y darles una dirección. Por ejemplo, mi bisabuelo en Panizares tuvo que sacar adelante los huertos para poder dar de comer a sus hijos. Pero cuando lo que se saca adelante son otras personas, y sobre todo cuando se hace sin consultarlas, vienen los problemas. El protagonista de la novela de Delibes, Daniel el Mochuelo, es un niño que se ve obligado a ir a estudiar a la ciudad en contra de su instinto y voluntad. Él sabe que no quiere hacerlo, pero su padre, el quesero, cree que es la forma de sacarlo adelante. Y no hay discusión que valga.

Delibes publicó El camino en 1950. Era definitivamente un momento de sacar cosas adelante: la vida, la familia, la tienda, el pueblo, la parroquia, el país, el partido, la novela, el arte, la resistencia política, las naciones ocupadas. Cada cual tenía algo por lo que trabajar. No pongo en duda la necesidad de hacerlo, pero me parece reseñable que don Miguel tuviera la lucidez de aportar una mirada crítica sobre la forma en la que se llevaba a cabo, con el progreso por bandera, desde su modesto contexto vallisoletano. ¿Qué progreso significa la ciudad? ¿Y la educación del instituto, respecto a la de la quesería?

Hay que tener las cosas muy claras para sacar a una persona o una comunidad adelante, y se corre el riesgo de ser autoritario y de fracasar. Los dramas familiares derivados de padres con las ideas demasiado claras no son ningún secreto, y no se limitan a un contexto histórico determinado. Creo que El camino no nos enseña a rechazar la forma en la que nuestros padres intentan sacarnos adelante, ni tampoco dice que no deba existir. Menos mal que existen padres preocupados por darnos un futuro, que se sacrifican y trabajan duro por nosotros. Lo que dice don Miguel, ciudadano de a pie, es que las cosas nunca son tan fáciles. Que lo que parece evidente, como que el bienestar futuro de su hijo depende de que vaya a estudiar a la ciudad, no lo es. Que hay que desconfiar de las soluciones generales y respetar los caminos que Dios nos da, como dice el Mochuelo.

Panizares (Burgos)
Panizares, el pueblo de mi abuelo, en una foto del 2009

Una de los recuerdos que más repite mi abuelo Ángel en sus memorias es el de don Matías, el maestro. Don Matías era un profesor de Burgos que durante una temporada enseñó a los niños de Panizares a “hacer las cuentas y las letras”. Por cómo habla de él, debió de ser uno de aquellos maestros que te cambian la vida. Escribe mi abuelo: “Don Matías era un gran hombre y no le olvidaré jamás. Nos hizo salir adelante”.

El maestro les hizo salir adelante. No les sacó de ningún sitio: hizo que ellos mismos salieran de donde estaban para ir hacia delante, donde quiera que fuera, hacia el año siguiente, hacia Medina de Pomar. Don Matías no tenía ningún plan particular para los niños y, sin embargo, tuvo la capacidad de dirigir sus caminos y mostrarles el terreno por donde trazar sus caminos. En el libro, el párroco y el maestro son este tipo de figuras.

Últimamente pienso mucho, en las cosas que me han sacado hacia delante y en las que me han hecho salir adelante. En tiempos tan inciertos como los que vivimos, cualquier plan unívoco, que tenga claro qué hacer conmigo, me parece sospechoso. No estoy diciendo que cada uno deba buscar su camino solo, también como comunidad tenemos que salir adelante.

Ahora más que nunca, lo que necesitamos son cosas que enciendan en nosotros la capacidad de mirar la vida con la mayor sinceridad posible, y decidir por qué valles caminar. Que nadie decida por nosotros, por buena voluntad que tenga. Apoyémonos, en cambio, en las madres y los padres, los maestros y los amigos, los paisajes y las experiencias, las canciones, los poemas y las novelas que nos hacen salir adelante.

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