De la Humanidad del Mesías

Debo decir que agradezco que mi educación haya sido en instituciones públicas: creo que me ha ayudado a conocer cómo de variado es el mundo, a la vez que me ha enseñado ciertos valores meritocráticos. Sin embargo, si hay una cosa que me ha faltado, es educación religiosa. En principio es algo que no he notado de verdad hasta tiempos recientes, aunque mentiría si digo que no he sentido envidia cuando algunos amigos hacían la comunión y les regalaban la Nintendo DS.

El caso es que, conforme he ido creciendo, he empezado a sentir más curiosidad hacia la religión en general y el cristianismo en particular. Negar la religión es algo sencillamente absurdo: aunque no se crea en Dios no se puede desdeñar el impacto cultural, filosófico, económico y político del cristianismo en Occidente. Es más, son los que enarbolan la bandera del anticristianismo en tanto que secta fanática, algunos de los que tienen comportamientos más fanáticos. Pero esto es, tal vez, materia para otra ocasión.

La figura de Cristo nos es conocida, sea incluso por la figurita del Belén y el crucifijo que es probable que algún familiar entrado en años tenga en su habitación. Yo siempre había asociado a Jesús con la bondad y el poder: el poder de curar y hacer milagros, pero también el poder de afrontar una muerte predestinada para la salvación de la humanidad. Sin embargo, hace relativamente poco me embarqué en la lectura de la Biblia.

Esta es una lectura magnífica y de las más difíciles que haya afrontado, claro está, pero ha habidos dos libros que me han impactado profundamente: el Apocalipsis de Juan de Patmos, y el Evangelio de San Mateo. Es en este segundo libro donde descubrí una de las escenas más desgarradoras de la historia de la literatura: el episodio en Getsemaní, es decir, la oración en el huerto de los olivos. En ese momento, que es la noche previa a su captura, Jesús va a orar al huerto de los olivos. Tres veces trata de que los apóstoles lo acompañen y tres veces tiene que volver sólo al huerto (puesto que así estaba escrito). Y es precisamente por eso que su angustia crece.

Un momento. ¿Angustia? ¿Siendo el hijo de Dios? Cierto es que Cristo sabe desde el principio su destino, pero es justo en ese momento en que su dimensión más humana toma posesión de su ánimo: los humanos tenemos un instinto de supervivencia, y, a priori no queremos morir. Esta pesadumbre se ve muy bien en Il Vangelo secondo Matteo de Pasolini: la voluntad de cumplir los designios del Padre es real, pero igualmente reales son las lágrimas que se deslizan por las mejillas de Jesús al afrontar la muerte en soledad.

Con todo esto quería llegar al hecho de que hasta el Mesías por excelencia es humano. El Mesías no lo interpreto en este caso como una figura poderosa que cambie la humanidad, si estuviese pensando en eso, hubiese dedicado este artículo a Iron Man interpretado por Robert Downey Jr. Mi interpretación de lo que debe ser el Mesías es alguien que muestra el mundo como es: lo que está bien y lo que está mal, y, de diferentes modos, ser una guía que los demás podamos seguir. En la literatura encontramos pocas figuras similares, de hecho, casi ninguna. La bondad absoluta es algo que, en principio, parce poco interesante de plasmar. Sin embargo, unos pocos autores se han atrevido. Quizá el personaje bueno por excelencia sea Don Quijote, pero creo que le falta en parte el ser esa referencia que seguir.

He encontrado dos personajes en la literatura que, a mi parecer, si reúnen esa característica y, además, comparten un rasgo que los hace muy humanos: la enfermedad. El primero de ellos es el Príncipe Mishkin, el protagonista de El Idiota de Dostoyevski. El segundo es Useppe, el personaje principal de La storia de Elsa Morante. El primero es un adulto, el segundo un niño, pero ambos comparten una misma virtud (la bondad absoluta), una misma enfermedad (la epilepsia), sienten el mundo profundamente y suponen una guía, a pesar de ser a pequeña escala.

Mishkin es un personaje sumamente curioso. Si tenemos en cuenta el modo en que Dostoyevski concibe sus novelas, es decir, por ideas, deducimos que primero se embarcó en la tarea de crear un personaje genuinamente bueno. Y lo logró. Mishkin no es malvado, aunque esto no quiera decir que no actúe mal a veces, pero cuando sucede, se da por falta de comprensión del mundo en sus capas más superficiales. En esto tiene bastante peso su epilepsia. Dada su enfermedad, es consciente de la volatilidad de la vida, pero a la vez es en esas crisis epilépticas donde obtiene las revelaciones místicas y morales que le guían a él mismo: es en el momento entre la vida y la muerte donde el capta el mundo en su profundidad máxima.

Así pues, la epilepsia es su mayor condena, pero es lo que le da la potencialidad mesiánica. Sólo en esos momentos de comprensión es cuando Mishkin se eleva y entiende cómo debe actuar. Es un ave fénix que cae en picado para retomar el vuelo en el último segundo. Y en esto no es casual su condición de aristócrata, siendo de hecho el último de su linaje: es la nobleza espiritual pero también la genealógica la que trae la esperanza a la humanidad. Sin embargo, su modo de vida contrasta con el círculo de la alta burguesía de San Petersburgo, círculo con el que Mishkin se relaciona desde el primer momento por circunstancias que no vienen al caso. Este círculo se aprovecha continuamente de Mishkin dada su condición de “idiota”, pero lo cierto es que el Príncipe se da cuenta continuamente de las malas intenciones de todos, aunque él las abraza, no por pasividad, sino con la profunda esperanza de que la bondad revelará el camino a aquellos que se han descarriado.

Por otro lado, está Useppe. Cambiamos el contexto de manera radical: del San Petersburgo de los 1860’s a la Italia de la Segunda Guerra Mundial. Estoy seguro de que La Storia es un libro mucho menos conocido que el de Dostoyevski, pero aun así no voy a revelar demasiados datos de la trama. Así pues, los protagonistas de la obra son Ida y su hijo Useppe. Del mismo modo que en la Biblia, la cuestión de la paternidad del niño es un asunto controvertido, pero de diferente modo: en este caso no tenemos ningún Espíritu Santo, sino un joven soldado alemán que viola salvajemente a Ida: el niño que va a representar la bondad nace de la violencia y la mácula. Interesante.

La historia se desarrolla de la mejor manera posible teniendo en cuenta la ascendencia hebrea de Ida, hasta que en determinado momento se dan cuenta de que el desarrollo físico de Useppe no es del todo normal: a pesar de ser un niño muy despierto e inteligente, prácticamente no crece. Es interesante porque vemos el mundo a través de sus ojos: él crea una epistemología propia, alejada del mundo en guerra y de la vida cotidiana de un niño de su edad. En un episodio concreto, Ida y otros refugiados se ven obligados a acampar en las afueras de Roma: lo que podría ser una lucha de sálvese quien pueda, resulta en una tribu, una familia si se quiere, entorno a Useppe. Todos le cuidan y él saca lo mejor de cada uno. No es coincidencia, pues, que una vez se alejan de Useppe empiezan a acaecerles desgracias, como se dará cuenta el lector que haga el titánico esfuerzo de leer las 900 páginas del libro.

Sin embargo, creo que el momento más interesante se da, aproximadamente, en el último tercio del libro. Ida ha tratado de que el mundo de Useppe siga intacto, alejándolo de la barbarie de la guerra y el Holocausto. Una vez estabilizada más o menos la situación en Roma, en un paseo casual por la ciudad, Useppe se topa con un periódico que muestra las primeras imágenes de los campos de exterminios. En el mismo momento Useppe empieza a convulsionar y cae al suelo. Una visita al médico revela que, efectivamente, se trata de epilepsia (heredada de Ida). En este caso, pues, es la comprensión del mundo, el peor mundo, el mundo ofendido y que ofende, lo que desencadena la epilepsia.

Al contrario que en el caso de Mishkin, es consecuencia, no causa, de la penetración en el mundo. Mientras que Mishkin usa el conocimiento que obtiene en las crisis epilépticas para actuar mejor y guiar a los demás; Useppe sufre un alejamiento del mundo derivado de la comprensión de este. El mundo del Holocausto está podrido, no tenemos ya la esperanza de la salvación: en este caso el mundo ha podido con su Mesías. Tal vez no lo merecíamos.

A partir de aquí, la epilepsia constituye una marca de cómo Useppe se aleja del mundo en que vivía, aquel que podía sacar lo mejor de nosotros, ese al que eventualmente podríamos haber accedido y se hubiese convertido en algo similar al Paraíso terrenal. Cada crisis de Useppe se da en el momento en que el mundo podrido gana terreno. Y por desgracia ese es el mundo en que vivimos: el mundo del Holocausto, el mundo de la Bomba Atómica, el mundo ofendido y que ofende.

No sé si será posible la aparición de un nuevo Mesías, sea en la literatura o en el mundo real, eso es del todo irrelevante. El Mesías, al menos así lo pienso, necesita ser humano y conocer el defecto humano. No es un arma que usar para que triunfe el bien, es una guía que nos tiene que convertir en mejores personas. Y esto no se puede hacer a través del poder: debemos acceder a él a través de la observancia al Mesías y el amor al prójimo. No lo sé, lector, tal vez todo esto sea una quimera. Tal vez no queramos amor y comprensión, tal vez no queramos ser mejores personas y acabar con todo lo malo, tal vez lo que necesitemos es una figura poderosa que nos salve siendo nosotros simples entes pasivos.

¿Dónde estás, Iron Man? Creo que el mundo te necesita.

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