La Cruzada Contra la Droga (I)

Si a cualquier habitante de la India de finales del siglo XIX le hubiesen dicho que en menos de cien años el comercio del opio estaría perseguido y penado en todos los países del mundo no habría dado crédito a tal información. Lo mismo hubiera hecho un peruano en relación con la coca, un europeo en relación con la morfina y la cocaína, un mejicano con el cáñamo y el peyote o un irlandés con cualquier bebida alcohólica.

El tránsito entre la más absoluta libertad en el comercio de algunos fármacos hasta su penalización y criminalización más draconiana es una historia que vale la pena ser conocida, pues pone de manifiesto, quizás como ninguna otra, la fina línea que separa la razonable preocupación de los estados contemporáneos por el bienestar de sus ciudadanos y el más flagrante atropello a sus libertades civiles.

Antes de la Ilustración y la llegada de los derechos humanos, los estados absolutistas no habían tenido reparo en perseguir de las formas más crueles y desproporcionadas cualquier tipo de disidencia, fuese real o imaginaria: mantener una opinión distinta en cuestiones de fe o, más aún, en cuestiones políticas podía llegar a ser un acto merecedor de la pena más severa, no tanto por retribuir el daño (inexistente) causado a los derechos de otro individuo, sino por la afrenta que representaba contra el Estado y la incuestionable e infalible autoridad divina que lo sustentaba (laesae maiestatis).

Las cruzadas penales contra la brujería, contra los protestantes, contra los católicos, contra los judíos, contra los musulmanes, contra los librepensadores, contra algún nuevo producto llegado de lejanos continentes (como el tabaco, el chocolate o el café) o, en definitiva, contra cualquier cosa que se escapase de lo normal en cada respectiva sociedad constituían expresiones habituales de la terrible intolerancia que reinó entre la humanidad antes de que esta fuese alumbrada por la luz de la razón.

Bastan unas reflexiones de Thomas Jefferson para ilustrar el cambio de mentalidad que se produjo a raíz de la ilustración con los crímenes de conciencia:

No parece suficientemente erradicada la pretensión de que las operaciones de la mente, así como los actos del cuerpo, están sujetos a la coacción de las leyes. Nuestros gobernantes no tienen autoridad sobre esos derechos naturales, salvo que se la hayamos cedido. Pero los derechos de conciencia nunca se los cedimos, nunca podríamos, pues cada cual responde de ellos ante su Dios. Los poderes legítimos del gobierno sólo se extienden a los actos que lesionan a otros […]. La razón y el libre examen son los únicos agentes eficaces contra el error, sus enemigos naturales, y sólo el error necesita apoyo del gobierno. La verdad se vale por sí misma […]. Sometamos las opiniones a coerción: ¿quiénes serán nuestros inquisidores? Hombres falibles, hombres gobernados por malas pasiones, por razones públicas, así como privadas. Y ¿por qué someterlas a coerción? Para producir uniformidad. Pero ¿es deseable la uniformidad de opinión? No más que la de rostro y estatura. Millones de hombres, mujeres y niños inocentes han sido quemados, torturados, multados y encarcelados desde que se introdujo el cristianismo. Con todo, no nos hemos acercado una sola pulgada a la uniformidad. ¿Cuál ha sido el efecto de la violencia? Hacer de la mitad del mundo estúpidos y de la otra mitad hipócritas, apoyar la bellaquería y el error sobre toda la tierra.

Estas palabras del tercer presidente de los Estados Unidos me resultaron muy sugestivas cuando empecé a investigar sobre la prohibición y me han acompañado durante toda esta aventura de descubrimiento. A lo largo de esta serie de artículos, que no son más que una adaptación de mi trabajo de fin de grado en derecho tutorizado por el profesor Josep Maria Vilajosana, iré recordando recurrentemente esta reflexión, pues es de una clarividencia tan nítida que aún hoy nos podemos servir de ella para leer y comprender mejor la realidad.

A lo largo de estos artículos trataré de analizar si la prohibición de la producción y comercio de algunas drogas está justificada en una sociedad liberal como la nuestra y para hacerlo me valdré de un estudio histórico sobre los orígenes de la prohibición, un análisis formal sobre si los razonamientos paternalistas que se utilizan para defenderla se corresponden o no con la realidad y finalmente intentaré proyectar una alternativa mejor a través de la propuesta de un nuevo régimen jurídico para las drogas en España.

Sin más dilación, empezamos.

HISTORIA DE LA PROHIBICIÓN INTERNACIONAL DE LAS DROGAS

En este apartado intentaremos comprender la historia de la prohibición del comercio de estupefacientes y para hacerlo nos centraremos sobre todo en lo ocurrido en los Estados Unidos de América. Lo haremos por tres motivos:

  1. La prohibición en este país fue el origen de la prohibición internacional tal y como la conocemos hoy. Entender sus razones, o sus sinrazones, nos permite entender mejor sus efectos.
  2. En Estados Unidos ya estaba protegida, por mandato constitucional, la esfera de derechos y libertades individuales que la prohibición puso en cuestión cuando esta se promulgó. Esto tiene un especial interés y relevancia para el objeto de esta serie de artículos, que pretende explorar la imposición de la moral a través del derecho y hasta en qué medida es aceptable y coherente esta prohibición para un estado respetuoso con la autonomía individual de sus ciudadanos.
  3. La riqueza de las fuentes y el registro de los hechos. Los debates y estudios sociales, políticos, jurídicos y médicos que suscitó la prohibición en Estados Unidos desde el primer momento están a años luz de los acontecidos en cualquier otro lugar del mundo y por lo tanto la historia de la prohibición allí quedó mejor registrada.

Resulta quizás excesivamente simplificador atribuir a unas pocas razones lo que en realidad fue fruto de la interacción de incontables factores, pero no cabe duda de que los siguientes hechos tuvieron un papel destacado en la génesis de la prohibición en los Estados Unidos, de mediados a finales del siglo XIX:

1. El revival del elemento religioso tradicional. Tras el triunfo de la revolución americana y de sus valores laicos, republicanos y respetuosos con la autonomía de todos los individuos (esclavos y mujeres aparte), al margen de los dictados del Estado y la sociedad, hubo a partir de principios del siglo XIX un retorno a la severa religiosidad que había caracterizado a la sociedad norteamericana desde que se establecieran en el siglo XVII sus primeros peregrinos puritanos. Cabe recordar que fue precisamente en Massachussets donde se produjeron los juicios de Salem entre 1692 y 1693, cuando ya en Europa la caza de brujas había finalizado. Entre los propios padres fundadores había algunos personajes que se enmarcaban en esta tradición de pensamiento, como Benjamin Rush (delegado por Nueva Jersey en el Segundo Congreso Continental de Filadelfia, en el que se declaró la Independencia), aunque eran minoritarios en relación con los librepensadores.

De Benjamin Rush, considerado uno de los padres de la psiquiatría, son las siguientes palabras: «En lo sucesivo será asunto del médico salvar a la humanidad del vicio tanto como hasta ahora lo fue del sacerdote. Concibamos a los seres humanos como pacientes en un hospital; cuanto más se resistan a nuestros esfuerzos por servirlos más necesitarán nuestros servicios». En su incansable esfuerzo por la erradicación del vicio, tanto por razones médicas como morales, a Rush se le reconoce como uno de los principales impulsores de la imposición de fuertes gravámenes a toda clase de licores por parte del Congreso, y que desembocó en la conocida como Insurrección del whiskey de Pennsylvania entre 1791 y 1794, una insurrección armada que tuvo que ser militarmente reprimida por el recientemente formado gobierno confederal. Al cabo de pocos años, durante la administración de Thomas Jefferson, este impuesto fue derogado.

Con el paso del tiempo, el elemento religioso tradicional que impregnaba la sociedad norteamericana fue expresándose democráticamente a través de muchas asociaciones que fueron ganando relevancia en el debate político del país. Cabe destacar, por el tema que nos ocupa, la American Society for the Promotion of Temperance, que para 1833 ya contaba con más de 6000 sucursales por todos los estados de la Unión. En 1869 nace el Prohibition Party, un partido político de alcance nacional con una poco destacable implantación institucional (solo llegaron a controlar los senados de algunos Estados), pero una notable capacidad de influencia. Ya finalmente en 1895 se constituye la Anti-saloon league, asociación que llegó a contar con millones de afiliados durante principios del siglo XX. El nivel de movilización y capacidad de influencia que llegó a amasar esta organización es una de las principales razones de que triunfara la prohibición. Tanto la American Society for the Promotion of Temperance como el Prohibition Party o la Anti-saloon league tenían en común el utópico deseo de erradicar el vicio de la sociedad por razones morales, en particular de moralidad religiosa. Encontraron en una parte del estamento médico un poderoso e inesperado aliado, como veremos más adelante, sin el cual difícilmente hubiesen llegado a realizar sus objetivos. Las reflexiones de Thomas Jefferson en sus Notas sobre Virginia, que hemos citado anteriormente, solo eran ecos distantes para buena parte de la sociedad americana de finales del siglo XIX.

2. Las tensiones sociales producidas por la industrialización y la concentración urbana. Hasta bien entrado el siglo XIX la asistencia social a los pobres en Estados Unidos tenía un carácter inclusivo y privado. La versión americana del poor relief inglés consistía en acoger en las granjas de los ciudadanos más devotos, deseosos de ejercer la caridad cristiana y ganarse su puesto en el cielo, a aquellos pobres o discapacitados que lo necesitasen para sobrevivir. Dentro de sus posibilidades, los pobres ayudaban en las labores domésticas y productivas de la unidad familiar con la que convivían, que también recibía ayuda económica de sus vecinos y compañeros de parroquia para la manutención de los descarriados. En general, la pobreza se atribuía a una mala educación en el hogar durante la infancia, ya que era en ese espacio familiar donde se debían cultivar las virtudes ciudadanas.

Cuando se empezaron a agotar las tierras fértiles en los estados lindantes a la costa atlántica y, por lo tanto, los recursos empezaron a escasear para una parte importante de la creciente población de los Estados Unidos, este esquema asistencial se puso en cuestión. Llegó un momento, tras décadas de pacífico desarrollo, en el que los inmigrantes que llegaban a la nueva república ya solo tenían las opciones de emprender una incierta y peligrosa aventura de colonización hacia el oeste o ir ocupando las periferias empobrecidas de los núcleos urbanos, en los que se estaba desarrollando una intensa industrialización. Fue en ese momento cuando la visión sobre la pobreza cambió en los Estados Unidos, y se empezó a concebir no ya como una circunstancia sin culpa de los que la padecían sino como una consecuencia lógica de las propias acciones de cada individuo. La caridad, bajo este nuevo esquema de pensamiento, solo contribuía a cronificar la pobreza y lo que era menester era que los pobres se incorporasen al mercado de trabajo. Resulta un tanto paradójico que precisamente cuando había oportunidades para todo el mundo y abundancia se concibiese la pobreza como algo sin culpa de quienes la padecían, mientras que cuando esta empezó a ser fruto de las condiciones socioeconómicas y la falta de oportunidades sistemática para una parte importante de la población, los norteamericanos empezaran a concebir la pobreza como algo culpable.

Para lo que nos interesa en nuestro estudio la cuestión es que, si antes la ebriedad se concebía como una consecuencia lógica de la marginalidad y la falta de virtud por razones no culpables, a partir de ese momento se invirtió el orden de los factores y se empezó a explicar la marginalización social y económica (culpable) como una consecuencia lógica de la ebriedad y otras conductas individuales.

Este cambio de paradigma resulta muy significativo para entender la génesis de la prohibición: a raíz de este cambio de mentalidad, un pobre alcohólico ya no lo era por ser una persona que había recibido una pésima educación en su casa, le había tocado vivir un conjunto de circunstancias familiares difíciles y no había tenido oportunidades para prosperar. A partir de ahora, los pobres serían pobres porque eran unos alcohólicos, unos vagos y no querían trabajar.

A estas tensiones sociales que produjeron la industrialización y la concentración urbana caben sumarles las tensiones raciales de la época. Con la llegada masiva de inmigrantes chinos, asiduos consumidores de opio, mejicanos, consumidores de cáñamo, y la popularización de la cocaína entre los negros del sur, empezaron a circular sonadas e infundadas teorías que relacionaban estos fármacos con determinados comportamientos pretendidamente antisociales de estas minorías.

Confundir las consecuencias de un hecho con sus causas, error frecuente en el estudio de las ciencias sociales, es lo que sucedió entre mediados y finales del siglo XIX en relación con el abuso de ciertas drogas, la delincuencia y la marginalización económica y social.

3. La institucionalización de los estamentos médico y farmacéutico. Durante el siglo XIX los estamentos médico y farmacéutico no gozaban del monopolio de la dispensación de psicofármacos en Estados Unidos, como de hecho lo gozan hoy en día en casi todos los países del mundo. En esa época los médicos y farmacéuticos tenían una firme aspiración a institucionalizarse y jugar un papel más central en la administración de la salud de los ciudadanos, pero tenían que competir al mismo tiempo en igualdad de condiciones contra barberos, herbolarios, boticarios, terapeutas ambulantes y demás profesiones del ramo. Con el método científico como estandarte, médicos y farmacéuticos reclamaban mayor protección ante la competencia desleal y nociva del atajo de “charlatanes” a los que la insensata población confiaba su integridad física. La cocaína, la morfina y la heroína, todos ellos fármacos sintéticos, constituían el ABC de médicos y farmacéuticos durante el siglo XIX, y fueron anunciados y promovidos a bombo y platillo como auténticas panaceas sin posibles consecuencias nocivas para la salud. Entre sus ventajas respecto otros fármacos como la morfina, Bayer (compañía farmacéutica) destacaba que la heroína no causaba ningún tipo de adicción. Obviamente, no se tardó mucho tiempo en desmentir esta información, pero da una idea aproximada de lo fiables que eran a nivel terapéutico los médicos y farmacéuticos de esa época en relación con otros dispensarios más tradicionales de fármacos.

Todo el mundo recordará haber visto en cualquier película del oeste al típico vendedor de pócimas ambulante, que presentaba su producto como una auténtica panacea. Esta clase de pócimas, o concentrados, solían contener psicofármacos que podían generar adicción y muchas veces lo hacían de forma inadvertida. La Coca Cola misma era uno de esos preparados originalmente, y contenía coca. Médicos y farmacéuticos, en su incansable lucha para asumir la totalidad del mercado de las medicinas en los Estados Unidos y desterrar de él a los charlatanes, se agruparon en asociaciones y pidieron al gobierno su intervención.

El primer paso del gobierno ante esta situación y por ese momento el último que estaba dispuesto a dar fue aprobar en 1906 la Pure food and drug act, que obligaba a todos los fabricantes de medicinas a incluir su exacta composición en la etiqueta para prevenir estafas y proteger a los consumidores, siempre desde el absoluto respeto a la eventual autoadministración y automedicación que cualquier consumidor decidiese llevar a cabo con cualquier psicofármaco. Desde 1848 ya estaba prohibida, a nivel federal, la adulteración de drogas por razones de salud pública. Esta nueva medida se basaba en respetar también el principio de información, para facilitar la toma de decisiones libres y racionales por parte de los consumidores sin tener que exponerse a riesgos imprevisibles. Tanto el estamento de los matasanos charlatanes como el de los médicos y farmacéuticos vieron boyantes negocios quebrar, pues ante el descubrimiento de la verdad sobre la composición de algunas populares medicinas los consumidores simplemente dejaron de adquirirlas.

La respuesta de médicos y farmacéuticos no se hizo esperar, y sus asociaciones establecieron una circunstancial alianza con la Anti-saloon league para llegar a conseguir su prominente posición monopolística en la dispensación de salud y fármacos. Por el año 1938 los frutos de esta alianza, como veremos en breve, ya habían llevado a más de 30.000 médicos a ser procesados penalmente. Tradicionalmente, el estamento médico había visto con recelo el movimiento por la templanza, pues buena parte de su ciencia y modus operandi se basa precisamente en la administración de fármacos que producen diferentes estados de ebriedad. Ahora bien, para conseguir controlar el acceso en exclusiva a estas sustancias necesitaban crear un clima de opinión pública que fuese propicio a prohibir la libre circulación de estas, y fue justamente lo que consiguieron al respaldar a la Anti-saloon league y legitimar la nueva concepción que reinaba entre el pueblo americano sobre la relación entre pobreza, abuso de drogas, delincuencia y raza.

La aportación de los médicos y farmacéuticos a la ideología prohibicionista fue constatar que, si bien las drogas podían ser beneficiosas para la sociedad y los individuos cuando se usaban bajo criterios científicos (es decir, por prescripción médica), su libre circulación solo daba lugar a la degradación moral, social, el abuso y la pobreza, como defendían los movimientos por la templanza. Era por tanto necesario que entre las drogas y el cuerpo social se interpusieran los médicos y los farmacéuticos, ungidos por el Estado como los únicos jueces en la determinación del uso razonable (y permitido) y no razonable (y no permitido) de las drogas. Para sustentar este razonamiento era menester atribuir a los psicofármacos cualidades intrínsecamente negativas que solo por la sacrosanta intervención hipocrática podían ser mitigadas. En definitiva, se instauró la idea de que la naturaleza engañosa y adictiva de determinados psicofármacos impedía a cualquier ciudadano hacer, por sí solo, un uso razonable de los mismos. De este modo las drogas, que hasta ese momento habían sido sustancias neutras a ojos de cualquier facultativo, pasaron a ser no solo para los moralistas religiosos sino también para buena parte del estamento médico sustancias inherentemente malas.

Esta situación recuerda a la relación que tenían el pueblo y el clero con las santas escrituras antes de la reforma religiosa. Solo por mediación del estamento clerical podía la gente acceder a los misterios de la religión, pues de otro modo la salud espiritual de los individuos corría grave riesgo.

Si tenemos en cuenta que a finales de siglo XIX más del cincuenta por ciento de los morfinómanos habían comenzado a tomar la sustancia por consejo de sus médicos, y de la otra mitad un 30% era personal sanitario o familiares de los facultativos, siendo solo el 14% gente que había accedido a ella a través de la venta libre, cabe preguntarse hasta qué punto tenían alguna clase de fundamento las pretensiones de control del estamento médico más allá del estricto interés económico. A estos 3 fenómenos cabría añadir las guerras del opio en China y la progresiva expansión de la administración y funciones del estado a finales del siglo XIX/principios del XX, cuando el laissez faire dio paso al Welfare State.

En la segunda parte de esta serie de artículos analizaremos la historia de la prohibición en sí, tras haber señalado tres de sus más destacadas causas en esta primera parte de nuestra aventura.

Espero que les haya interesado y nos vemos próximamente por aquí.