Unis & Chill: Por qué las universidades no tienen cabida en la red (todavía)

En el escenario de esta pandemia, las universidades públicas catalanas que dan clases presenciales han decidido trasladar toda la docencia a Internet. El sentimiento general es de enrarecimiento, insatisfacción e incluso indignación.

La mayor parte de las críticas que he leído se pueden recoger bajo la siguiente consigna:

«Que me devuelvan el dinero: yo no he pagado por esto, sino por las clases presenciales».

Meme que compara el precio de las plataformas de contenido en streaming con el de la universidad
Uno de los memes que corren por la red

Me gustaría dar un punto de vista sobre el asunto un poco más abstracto de lo que lo son las discusiones sobre si los exámenes deberían o no ser en línea o qué pueden hacer las personas que no tienen conexión a Internet. Está claro que ahora lo primordial es atender este tipo de casos concretos, pero no creo que debamos dejar de lado una reflexión un poco más distanciada.

Debajo de la alfombra: lo que las crisis revelan

El otro día, mi tía, que trabaja en el ámbito de la gestión sanitaria, me dijo que el coronavirus estaba levantando alfombras bajo las cuales había mucho polvo. Creo que una de las mejores maneras de entender las crisis es pensarlas como momentos de revelación: «revelar», «levantar alfombras», «poner patas arriba», «alumbrar», «romper el tabú» … El lenguaje está plagado de formas de entender lo crítico como momento en el que se pone ante los ojos lo que antes estaba oculto.

Las crisis dejan entrever el funcionamiento de la maquinaria, los engranajes. Y tanto ponen al descubierto las partes de la máquina que funcionan, como aquellas que solo funcionan desde ciertos puntos de vista, como aquellas que no funcionan para nada: problemas enquistados, problemas estructurales, problemas que no habíamos identificado antes.

Fotograma de Metropolis, película de Fritz Lang
La máquina al descubierto. Fotogarama de Metropolis, de Fritz Lang

Por supuesto, cuando cae este velo de Maya expone todo el sistema a la vez. De lo que se muestra, esto es lo más importante: que todo está interconectado y todo forma parte del mismo sistema. A este sistema se le puede llamar como se quiera, pero es importante que lo englobe todo, desde lo que nos parece más íntimo hasta lo que nos parece más lejano u «objetivo».

Ahora me centraré en el tema de las universidades, pero creo que lo que digo puede considerarse una sinécdoque —la parte vale por el todo—, y que los problemas que atraviesan las universidades no son solo asunto suyo, sino que se enmarcan en el funcionamiento general de la sociedad. Todo es sintomático.

Qué debería ser una universidad pública

Pensemos por un momento en qué debería ser una universidad pública. Podríamos decir que, en primer lugar, es una institución que tiene como principal función generar conocimiento, tanto a través de la enseñanza como a través de la investigación. La base de la universidad pública es que es una comunidad, un conjunto de personas. Dichas personas funcionan dentro de una organización política democrática, conformada por distintos órganos de toma de decisiones y de gobierno, así como por unas normas y recomendaciones de comportamiento que definen derechos y deberes para cada una de las partes. Por otro lado, la universidad es un espacio, unos edificios, campus o estaciones de metro (incluso las universidades no presenciales tienen una sede). También se puede considerar como un tiempo, unos años de la vida de algunas personas («Cuando estaba en la universidad salía mucho de fiesta», «durante mis años de universitaria, hice muchos amigos»).

Además, la universidad dispensa unos estudios que son un derecho. El hecho de que los estudiantes tengamos que pagar lo que pagamos por ellos es aberrante. El problema no solo es que la mayor parte de la gente no pueda pagar, sino que denota que pensamos la educación como un bien de consumo, un producto.

Un producto es algo que se puede consumir, algo que se puede comprar o adquirir. Desde mi punto de vista, la educación no es un producto por el simple hecho de que no se puede adquirir. Se puede adquirir un libro, unos apuntes, un vídeo, una película, una infografía e incluso un título académico. También puedes pagar a una persona para que te ofrezca un servicio, por ejemplo, para que te dé clases. Pero en ningún caso se puede comprar la educación, porque la educación es un proceso en el que el estudiante no tiene un papel pasivo, sino activo. La universidad estimula el proceso educativo, pero no da un producto acabado al alumno. Así, el estudiante no es un consumidor de su propia educación, sino un productor de la misma.

Pensad, si no, en la cantidad de cosas que habéis aprendido hablando con vuestros amigos en el bar, sin que nadie «os estuviera educando», o en el caso contrario, en el que por alguna razón habéis llegado a una clase estupenda pero no habéis aprendido nada por no estar vosotros en la disposición adecuada.

La universidad como espacio público

Jardines de tres universidades de Barcelona
Jardines de tres universidades de Barcelona

Creo que muchas de las formas de conceptualizar lo que debería ser la universidad que he mencionado antes se pueden englobar en el concepto de «espacio público»: es el espacio el que permite que exista la comunidad, y es la comunidad la que se organiza democráticamente y genera el conocimiento. La institución preserva o debería velar por preservar la labor que se hace en ese espacio, especialmente por seguir asegurando el derecho a los estudios, que desde mi punto de vista no es más que el derecho a un espacio que estimule la creación pública de conocimiento.

Por supuesto, sabemos que esto no es así. El «espacio público» de la universidad, aunque esta fuera totalmente gratuita, seguiría vetado a todos aquellos que no tuvieran la cultura necesaria para entrar (personas de diferente capital cultural que el nuestro, como diría Bourdieu). También está vetado desde el punto de vista puramente geográfico a aquellos que no tienen acceso a las áreas donde están las universidades, normalmente urbanas.

Asimismo, está claro que la labor de «generar conocimiento» (y la institución que la preserva) no es para nada inocente. Los que hayan leído a Foucault saben que este proceso de «generar conocimiento» no consiste en escribir muchos artículos y charlar en el bar, sino que supone transformar los cuerpos, disciplinarlos para adaptarlos a un tipo de saber que respalde un determinado poder, y viceversa. Esta disciplina es necesaria para el mantenimiento del orden social establecido. Como sabemos, tal orden concentra el poder en unas determinadas élites, no se reparte democráticamente. Esta puede ser una manera de explicar por qué la organización democrática de la universidad funciona especialmente mal. 

Aunque podría extenderme mucho más en este punto y explicarlo de muchas otras maneras, voy al grano: la universidad debería ser un «espacio público», pero no lo es. Desde mi humilde punto de vista, es muy difícil imaginar un «espacio público» en el capitalismo.

No obstante, pienso que nos es posible imaginar un verdadero espacio público universitario: tenemos referentes, utopías, marcos de pensamiento. Desde mi punto de vista, el problema principal con esta movida de Internet es que somos incapaces de imaginar un espacio público virtual.

¿Qué pasa con Internet?

No sé qué pasa con Internet. ¿Qué es Internet? Hace unas semanas fui con un amigo mío a una charla sobre Internet y me dejó boquiabierta. Me di cuenta de que no tengo ni idea de qué es Internet, ni de qué forma tiene o qué formas puede tener, ni de cómo funciona, ni de cuál es su historia.

Soy consciente de que hay mucha gente pensando sobre estas cosas, creando herramientas conceptuales para abordar el asunto. No obstante, pienso que en general no somos conscientes de la importancia que tiene la reflexión sobre Internet, y tener una visión distanciada y crítica sobre este otro mundo en el que vivimos.

Es urgente tomar esta distancia y darnos cuenta de lo que está pasando en este mundo, de quién tiene el poder, cómo y de quién son los espacios. Porque Internet son espacios. Seguro que tenéis algún familiar o amigo lejano que os ha hablado de los buenos años de los noventa en los que parecía que Internet iba a ser la utopía de lo público, un sitio no controlado por los gobiernos, los estados y las demás estructuras de poder tradicionales. La cultura hacker ha seguido en esta estela, pero cada vez se constata más la tendencia hacia una privatización total del espacio de Internet.

Las consecuencias de esto son innumerables. En lo que aquí nos concierne, el problema principal es que la falta de crítica hace que pensemos Internet como los gigantes del capitalismo de plataformas quieren que pensemos Internet. ¿Qué sientes cuando entras en Netflix? Que estás en tu espacio particular, individualizado e individualizante, en el que solo importas tú y tus gustos y condiciones y en el que tu papel es completamente pasivo: crees que eres un consumidor y vas a Internet a entretenerte. A cambio, parece que estás simplemente pagando una subscripción —si es que pagas—.

Netflix
Netflix

Por lo tanto, pensamos Internet como un espacio privado, en los dos sentidos de la palabra: privado porque, desde nuestra habitación, accedemos a «nuestro perfil» en estas plataformas, y privado porque, explícita o implícitamente, asumimos que la actividad que se haga en ese perfil —y, por lo tanto, todos nuestros datos— pertenecen a la plataforma responsable.

Hay otra forma de entender Internet, que es entenderlo como caja de herramientas, como elemento auxiliar de nuestro mundo presencial. ¿Tengo que comprar un tiesto? Internet. ¿Pedir hora en el médico? Internet. ¿Necesito hacerles llegar las notas a los alumnos? Internet.

Creo que las universidades (y el mundo de las instituciones públicas, en general) ha tratado todo este tiempo Internet como una caja de herramientas. Tienen «recursos en Internet»: puedes leer un libro o mirar tal página web. Si no puedes venir tal día al examen, mándalo por correo.

Y, si hay una pandemia mundial, parece que la estrategia es la misma: fingir que seguimos en el aula 20.059 usando las herramientas que Internet, servicial, nos ofrece. ¿Que no podemos vernos las caras? Collaborate. ¿Que no podemos debatir? El chat del aula virtual. ¿Que no podemos controlar que nadie copie mientras hacemos el examen? Más Collaborate, más micrófonos, más cámaras. Internet parece ser solo un inocente procurador de herramientas para el mundo que cuenta, que sigue siendo el presencial. El lema parece ser que «esto es una pausa excepcional».

El primer problema es que esto resulta ser un desastre, porque es evidente que una simulación de la presencia como esta, hecha deprisa y corriendo, es precaria. Hay desarrolladores de videojuegos calculando si la sensación del jugador se parece más al manejo de la espada si aprieta la Y en vez de la X y hace un movimiento elíptico en vez de circular: poner un botoncito de levantar la mano para cuando alguien, «en la vida real» levantaría la mano, nos parece falso, elemental, cutre.

Collaborate, herramienta de Blackboard Coursesites para hacer clases por streaming
Collaborate, herramienta de Blackboard Coursesites para hacer clases por streaming

Las universidades contra Netflix

Si las universidades hubieran sabido ver la importancia del mundo virtual, habrían hecho ya hace mucho tiempo una cierta mudanza. Hay que traducir las cosas al lenguaje de Internet, hay que convertir el movimiento de la espada en el movimiento del brazo del jugador, o de las puntas de sus dedos. Internet no es una caja de herramientas, es un mundo, un sistema con un lenguaje propio.

Que Internet y lo virtual no es simplemente un elemento auxiliar del «mundo real» estaba ya bastante claro, pero en el contexto de esta pandemia es tan evidente como que el agua a cien grados hierve. El espacio de nuestras habitaciones ha quedado en segundo plano, lo que importa es la ventana de Internet y todo lo que vivimos en ese otro espacio.

Pero el fracaso total de las universidades por «mudarse» al mundo virtual no es simplemente una cuestión de que estas «no se hayan tomado suficientemente en serio» Internet, o que no hayan sabido hacer una simulación suficientemente adecuada. El problema principal es que las universidades se han visto obligadas a jugar en un territorio en el que nosotros pensamos con los moldes de Netflix, HBO o Facebook.

Internet no es inocente. Por el hecho de ser virtual, el mundo de Internet no deja de ser político. El único problema es que no concebimos la posibilidad de que lo sea, porque nos hemos acostumbrado a jugar con las reglas de las grandes plataformas sin cuestionarlas. Estamos acostumbrados a ser tratados como consumidores pasivos, no estudiantes, no ciudadanos, no productores de conocimiento.

El espacio público que podemos imaginar en el mundo presencial, esa universidad utópica, nos resulta completamente inconcebible cuando pasamos a lo virtual. La reivindicación ya no es «necesitamos hacer una educación gratuita, lo más inclusiva posible»: estamos fuera del espacio público. Cuando la Universidad pasa a estar en Internet, ni nos planteamos pedir que se dé voz a los estudiantes, no hacemos graffitis en el aula virtual para exigir la evaluación única, no vamos a la huelga, no nos preocupamos siquiera de crear una comunidad de estudiantes. Buena prueba de ello me parece la dispersión de las críticas hacia la adopción de ciertas decisiones por parte de la universidad: cada cual se queja en su cuenta de Twitter, en sus grupos de whatsapp. Los sindicatos, las asociaciones de estudiantes y las estructuras democráticas de la universidad parecen estar casi en silencio, inoperativos en este mundo virtual.

Sin poder ocupar o crear un cierto espacio público, la idea de comunidad universitaria se desmantela completamente, así como la organización democrática que se supone que articula esta comunidad. Y, en este contexto, la privatización gana por goleada:  pasamos a considerar la educación como un producto de consumo y pedimos que nos devuelvan el dinero. Y ya está. «Yo no he pagado para esto». En el mundo virtual, no se hace política. Se ve Netflix. Se está tranquilo y se queda uno quieto en su sillón.

Pero, ¿cómo vamos a ser sujetos políticos del mundo virtual si nadie nos ha enseñado a hacerlo? ¿Cómo luchar por el espacio público, si incluso en el mundo presencial cada vez es más difícil salir de las reglas del neoliberalismo? Creo que hay otra forma de pensar Internet, de vivirlo y de construirlo.

Hay que leer mucho, aprender mucho y hablar mucho. Hay que empezar a pensar ya en soberanía, en tomar el poder y ocupar espacios. Hay que empezar a luchar por lo común, por un mundo abierto a todos, y plantar cara a las grandes plataformas que han invadido el espacio y nos tratan de consumidores cuando en realidad están explotando nuestros datos y minando nuestras democracias. Y la lucha no es contra Internet, ni siquiera contra el Internet del capitalismo de plataformas, sino contra el neoliberalismo, y su lema de «there is no other way».


Este post fue escrito el 2 de abril. Creo que es adecuado remarcarlo porque todo va muy rápido ahora, y pudiera ser que el 6 de abril nos hubiéramos ido todos al hoyo definitivamente, o vaya usted a saber. Además, creo el valor de este artículo (que es simplemente el hecho de tratar sobre nuestra realidad más inmediata) implica el problema de la falta de perspectiva. Estoy, como siempre, abierta a cualquier crítica o rectificación.