Lo imposible de la originalidad

Este trimestre me he matriculado en dos asignaturas de Historia de la Filosofía para ver hasta qué punto he sido un plagiador descarado. ¿Falta de creatividad o falta de originalidad?

Cada vez soy más reacio a publicar mis ideas como propias. 

Y es que ya no sé si son del todo mías; uno ya no sabe si va a estar plagiando a otra persona o no. Bien decía Calvino que al leer a los clásicos podíamos darnos cuenta de que algunas cosas que siempre habíamos sabido para nuestros adentros habían sido dichas ya por ellos. Aunque seguramente Calvino no lo dijo pensando tanto en cuidarnos de Turnitin, sino más bien en hacernos más cultos. Aún así, hoy en día sí que hay que leer, sobre todo a los contemporáneos, para evitar que, en el peor de los casos, nos caiga una denuncia por violación de propiedad intelectual. Pero tampoco me apetece pasarme la vida leyendo y consumiendo conocimiento solo para prevenirme de no decir algo que ya ha sido dicho, postergando al infinito mi etapa creativa… 

¡Ajá! ¿Por qué “creativa” y no “original”?

Entiendo que somos creativos cuando creemos producir algo nuevo, sin tener en cuenta si nuestra idea ya ha sido pensada o dicha por alguien más. La originalidad, por otra parte, sería la creación primigenia, objetiva y pura de una idea: la primera piedra. Cuando pensamos en los grandes inventos y en las grandes teorías de la historia, quizás les atribuyamos una originalidad inmaculada que realmente no poseen: existen los precedentes, la tradición, pero también las coincidencias. En el presente artículo, presentaré tres casos históricos, más o menos familiares, que apuntan a lo mismo: si la originalidad ha sido imposible en los grandes eventos, ¿por qué estamos tan empecinados en buscarla a estas alturas de la Historia? ¿Es acaso siquiera posible ser original?

En junio de 1858, por ejemplo, Darwin recibe por correspondencia un ensayo de un tal Alfred Wallace que, en menos de doce páginas, establecía los postulados básicos de su (la) teoría de la selección natural. Darwin ya la había formulado años atrás, pero aún no había publicado nada. Procedió de manera profesional -o como mínimo delicadamente-: envía sus propios textos para que sean publicados, junto con aquel de Wallace, y delega la decisión sobre la autoría de la teoría en los mismos editores. Estos, por orden cronológico, determinaron que el autor principal era Darwin, mientras que las contribuciones de Wallace darían apoyo a las conclusiones de su colega. Al parecer, Wallace, cuyo nombre fue promocionado gracias a la celebridad con la que ya gozaba su compañero, estuvo conforme con esta manera de proceder. Y lejos de iniciarse una disputa eterna acerca de la autoría de la selección natural de las especies, lo que se vino fue una relación amical de apoyo y respeto mutuo entre ambos científicos (al menos hasta la década de 1870, cuando Wallace vira hacia el espiritualismo y las disputas intelectuales con Darwin adquieren un tono más personal).

Eso sí, ante el temor de ser adelantado por Wallace, Darwin se apresuró en construir el sistema de su propia teoría y publicarla un año más tarde, en 1859, bajo el conocido nombre de On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life. Wallace nunca puso en tela de juicio que Darwin hubiera sido el autor principal de la teoría de la selección natural. Este episodio, además de probar una hermosa coincidencia intelectual, demuestra también un caso incluso más anómalo que es el de saber poner por delante la verdad antes que el interés individual. Bravo, Wallace.

Alfred-Russel-Wallace-c1895Bravo, Wallace. Supo anteponer la verdad antes que su caché como científico. 

 

El segundo caso es uno propio del ámbito de la Economía, aquel de la Revolución Marginalista: el descubrimiento múltiple y simultáneo, pero de manera independiente, del principio de la utilidad marginal. Hasta entonces el valor de los bienes, creían los economistas, venía definido por sus características intrínsecas, por factores objetivos. No importaba si para alguien el oro, un barco o el pan valían mucho o poco, lo único que importaba eran los costes de producción y su oferta en el mercado. Ahora bien, en la década de 1870, W.S.Jevons, Carl Menger y Léon Walras cuestionan este paradigma. Ellos consideraban el valor desde una vertiente profundamente subjetiva. Hacían énfasis en la demanda y no tanto en la oferta de los bienes, y su enfoque de estudio giraba en torno a conceptos como los de utilidad y escasez. En otras palabras, el oro ya puede comprar caballos e imperios, pero si te encuentras con un sediento en el desierto, este estará dispuesto a pagarte el triple o el cuádruple por una onza de agua antes que por una del metal precioso.

Cada uno acuña el término a su manera, Jevons le llamará final degree of utility; Menger, Grenznutzen; mientras que Walras hará uso del concepto de las raretés. La formulación del principio de utilidad marginal la realizan casi simultáneamente y sin saber que había otro autor haciendo lo mismo en los mismos años. Ahora bien, ninguno de ellos comenzaba desde cero. Existían antes de ellos una serie de economistas de los que estaban al corriente: Cournot, Dupuit, Von Thünen, Gossen, Edgeworth. Las aportaciones de estos últimos moldearon el marco de pensamiento que propició dicha coincidencia intelectual. Este nuevo método de estudio estaba  caracterizado por la introducción del concepto y el análisis del equilibrio general estático, la introducción del principio de maximización y del análisis marginal, todo ello barnizado con la aplicación del aparato matemático y del cálculo diferencial. Vamos, que si a alguien hay que culpar (o agradecer) por la matematización de la Economía es precisamente a estos tres individuos, entre otros.

¿Pero, qué explica entonces semejante coincidencia involuntaria en estos dos casos? Bien, creo que si nos fijamos en el contexto ideológico podremos intuir mejor dicho fenómeno: el progresivo protagonismo del método científico como forma predilecta de estudio de la realidad, y que llega a salpicar a las ciencias sociales, como se ve con el último caso. Se trata de un cambio de paradigma metodológico, que en el caso de la Economía se materializa en la importación del aparato matemático. 

El contexto también cumplió el mismo rol en el tercer y último caso que presento aquí, el de la contramarcha europea. Esta táctica de guerra, que consiste en la alternancia de filas de mosqueteros para aumentar la cadencia de fuego, fue sugerida por primera vez por uno de los jefes del ejército holandés durante el enfrentamiento entre las provincias unidas contra la monarquía hispánica. Guillermo Luis de Nassau da con esta idea a partir del estudio de la estrategia militar romana (Calvino estaría orgulloso de él), y se la expone a su primo a través de una carta fechada en 1594. Los nuevos procedimientos aplicados por el ejército holandés pronto cobrarían renombre mundial, basado este en compañías menores (para agilizar aprendizaje e instrucción) y mayor potencia de fuego (calidad antes que cantidad).

Lo que no sabía De Nassau, sin embargo, es que a los japoneses ya se les había ocurrido lo mismo veinte años antes -¡y sin leer a los romanos!-. En la batalla de Nagashino (1575), las tropas de Oda Nobunaga utilizaron sus mosquetes occidentales y aplicaron la técnica de la contramarcha para aniquilar las cargas de la caballería de Takeda. A partir de aquí, la unificación de Japón fue imparable. Este brote de creatividad respondió a la pura necesidad del guerrear japonés. Mientras que en Europa estaban más preocupados por recargar el arma con más rapidez, los generales japoneses instruían a sus soldados para mejorar su puntería. Ahora bien, esto iba en detrimento de la velocidad de la descarga de fuego (se trataba de mosquetes de recarga por la boca) ¿Cómo compensar este defecto? Bien, con el sistema de alternancia de filas, la contramarcha (ya no tan) europea.

Battle_of_NagashinoPero que bella representación de la Batalla de Nagashino ¿Es que las batallas solo se ven bonitas una vez transcurridos los siglos, sobre el lienzo y después de Nietzsche?

 

Esta coincidencia se presenta incluso más sorprendente si tenemos en cuenta la brecha tecnológica que existía entonces entre Europa y Asia Oriental. La superioridad militar europea se vio estimulada por la incomunicación entre ambas regiones a partir de la disolución del Imperio Mongol a mediados del s.XIV. Fueron luego los chinos los que imitaron las innovaciones europeas. Sin embargo, los soldados de la dinastía Ch’ing siguieron combatiendo fundamentalmente a la manera tradicional hasta el s.XIX, principalmente por el enorme número de sus tropas, que hacía imposible abastecer a todos con artillería (y, por tanto, anulando la posibilidad de realizar estrategias íntegras a partir de estos artefactos) Los japoneses, en cambio, que eran totalmente superados en número por sus vecinos continentales, se apoyaron más en las armas de fuego occidentales, que presuntamente fueron introducidas en el país nipón por unos náufragos portugueses en 1543. Por tanto, gracias a una casualidad fortuita, pero sobre todo al contexto intensamente bélico -como aquel que se vivía en Europa en plena Revolución Militar y aquel en el archipiélago asiático en plena guerra de unificación-, sumado a la necesidad de adoptar estrategias que permitan sacar el máximo provecho de pocos efectivos, fue lo que propició semejante coincidencia creativa.

Aparentemente, pues, la originalidad es un imposible. Solo se puede aspirar a la creatividad. No obstante, sería demasiado arriesgado deducir semejante conclusión únicamente a partir de estos tres casos, aún cuando podamos encontrar más ejemplos (básicamente, por falta de rigor conceptual y metodológico por mi parte, vergonzoso incluso para el investigador más cuali). Debo reconocer, además, que lo que me ha impulsado a este ejercicio tan poco científico es mi propio bajo vientre: un ferviente rechazo a la propiedad intelectual, pues si algo tengo de comunista es el abolicionismo de la propiedad del conocimiento, en la que no creo en absoluto. Dejando a un lado esto, creo que podemos rescatar dos elementos a partir de los ejemplos mencionados: i) la importancia de los precedentes; ii) la importancia del contexto. Por una parte, no existe idea que se construya a partir de un lienzo en blanco, siempre habrá precursores que han allanado el camino y cuya sola existencia impiden hablar de originalidad (espero tratar este punto más extensamente en un próximo artículo). En segundo lugar, y siendo el tema principal de este escrito, un vistazo al contexto en el que se produce la coincidencia ayuda a poner en perspectiva la simultaneidad de dichos descubrimientos. Los factores contextuales, con las necesidades y los síntomas de época que genera, hacen que todas las ideas que surgen en un determinado período se parezcan entre ellas. Como un campo de cultivo que aumenta la probabilidad de la emergencia de dos o más ideas presuntamente originales -tanto de manera activa como de manera pasiva (es decir, la predisposición de corazón, si se quiere así, a aceptarlas)-, pero que dada la coincidencia en más de una cabeza, a lo sumo pueden presentarse como creativas.

 

Fuentes consultadas:

La Revolución Militar, Geoffrey Parker

The Heretic in Darwin’s Court. The Life of Alfred Russel Wallace. Ross A. Slotten

Apuntes de la asignatura de Historia del Pensamiento Económico.

Charlas con Marco.