Sobre cómo amar al prójimo

    Hace cuestión de un mes mi hermano me pidió que le consiguiese el libro de Jon Krakauer, “Into The Wild”. Ahí se narra la historia de Christopher McCandless -a quien muchos de nosotros conocemos por el filme homónimo que se estrenó en 2007-, un joven estadounidense que, al acabar la carrera, se despoja de una vida acomodada y de sus vínculos familiares para entregarse íntegramente a la aventura. Su experiencia tiene un fatal desenlace: tras dos años fuera de casa, su cadáver fue encontrado en un improvisado refugio en medio de un bosque de Alaska. Mi hermano quedó muy conmovido cuando vio la película este verano, pero no ha sido hasta hace poco que se interesó por la novela en la que está basada.

    Cuando traje el libro a casa, mi hermano se emocionó bastante. Mi madre, sin embargo -con quien mantengo una competencia sana de adoctrinamiento bibliográfico al menor- miró con desconfianza el paralelepípedo (ella le ha dejado que lea 20 mil leguas de viaje submarino y, claramente, estoy desobedeciendo los turnos establecidos).

“Pero, ¿estás seguro de que tu hermano puede leer eso?” (Gael tiene 12 años)
“Sí” (O sea, no)

    Así que me dispuse a leer la historia de McCandless, y así asegurarme de que es una obra adecuada para mi hermano. A medida que avanzaba en la lectura, despertaban en mí viejos dilemas que en algún momento me habían atravesado. Y reconocía (es decir, comprendía) muchas de las inquietudes, preocupaciones e ideales del joven aventurero. No obstante, la novedad esta vez es que también pude sentir como si fuesen míos las inquietudes, preocupaciones e ideales de sus padres, de todas las personas que él fue conociendo por el camino, y de todos aquellos que admiraron pero que también menospreciaron la gesta del joven norteamericano tras haber conocido su historia.

    La primera conclusión de la reflexión que presento aquí ya la puedo adelantar parcialmente: mi hermano puede leer el libro. La segunda, en cambio, se irá dibujando a lo largo de la lectura de esta nota.

    Empatizar con el protagonista no ha sido demasiado difícil, toda vez que ambos compartimos dos importantes padres intelectuales: Tolstoi y Thoreau. McCandless leyó arduamente a ambos autores, entre otros, antes y durante su expedición. Y es que para él no solo eran lecturas que compelían por su valor literario, sino que suponían verdaderas guías morales. Esto es, no solo despiertan cierto éxtasis intelectual, sino que a través de ellos uno envejece sin arrugarse. Del primero de ellos, McCandless adquiere un espíritu estoico y una disciplina de asceta. Del segundo, un espíritu libre y la entrega al descubrimiento de sí mismo. De aquí se conjugan en el joven Christopher una entrega sincera al cultivo de la propia personalidad, una voluntad de hierro hacia cualquier proyecto que se le cruzaba por la cabeza, y la intrepidez (o ligereza) necesaria para llevarlos a cabo. En suma, un cóctel moral que le granjearía muy buena reputación a lo largo de su vida (especialmente, durante el último de sus viajes), pero que también le costaría la suya propia. Por razones de espacio, me centraré en el presente artículo únicamente en el autor ruso.

    Si me preguntasen qué he aprendido de Tolstoi probablemente diría que el reconciliarme con mi tiempo y con mi sociedad. Es decir, curarme del cinismo. Pero además, un aspecto más individual pero emparentado con lo anterior y que se podría resumir en los siguientes principios: a) el deber de encontrar algo más grande que trascienda a uno mismo; b) el deber de entrenarse en la facultad para sacrificarse por ello; c) ser consciente de que ninguna de las dos cosas anteriores -bienestar moral y amor- es posible fuera de la sociedad.

    Creo que McCandless fue profundamente consciente de las dos primeras. Es más, su propia experiencia es una lección de entrega sincera y plena a un ideal que sentía que lo trascendía. Ahora bien, ¿podemos decir que también era consciente -asumiendo la perspectiva de Tolstoi- de la importancia radical de la sociedad para el cultivo de uno mismo? Esta pregunta es cuanto menos válida ya que, en última instancia, él inicia su viaje como respuesta al hartazgo que le producían los valores y la moral de su propia sociedad (es importante anotar aquí: Estados Unidos de los años ochenta); el terror que le causaba la idea de encauzar su vida en un patrón y código en los que en absoluto se sentía identificado.

    No obstante, no podemos decir que se trataba de una persona antisocial. Jan Burres, una de las personas que conoce durante su viaje y con la que llegaría a entablar un vínculo bastante cercano, recuerda del joven Christopher:

“Se lo pasaba muy bien cuando estaba cerca de la gente, realmente bien […] Necesitaba su soledad de vez en cuando, pero no era un ermitaño. Socializaba mucho. A veces pienso que era como si estuviese almacenando compañía para aquellos tiempos en los que sabía que no habría nadie cerca” (Krakauer, 1996: 44-45)

    Por tanto, no se puede afirmar que McCandless haya sido un incomprendido social que únicamente encontraba placer con su propia compañía. Fue quizás el mismo cultivo de estas relaciones a lo largo de su viaje antes de asentarse en Alaska lo que le motivó a volver a la civilización, con la que mantenía una relación ambivalente. Lamentablemente, el Teklanika -río que semanas antes, aún congelado, había atravesado sin ningún problema- descendía con un caudal estremecedor. Un sencillo mapa de la zona le hubiese sugerido apuntar hacia el oeste, o rodear el río por el norte. Lamentablemente, McCandless, que quería que su experiencia fuese lo más auténtica posible, había quemado el suyo al llegar a la zona, convirtiendo su nuevo hogar en terra incognita. En sus últimos días de vida, en uno de los márgenes del último libro que leyó, Doctor Zhivago, escribe:

“HAPPINESS ONLY REAL WHEN SHARED”

    Entre los libros que McCandless llevó consigo (la única posesión material en la que no escatimó por motivos de peso) se encontraba Felicidad Conyugal, de Tolstoi. Es interesante fijarse en uno de los pasajes que subraya:

“Quería movimiento y no el fluir sosegado de la vida. Quería inquietudes, peligros y [la oportunidad de sacrificarme por mi amor]. Había un exceso de energía en mí que no encontraba su lugar en nuestra vida apacible” (1996: 106)

    Conviene que nos detengamos un momento a analizar el contenido de dicha novela, ya que ahí se introduce de manera clara un dilema que ocupa un lugar central en la vida de nuestro protagonista.

    En dicha obra se narra la historia de un matrimonio que, como era común en la época, no tenía muchos miramientos en salvar la enorme brecha generacional que acostumbraba a haber entre los cónyuges, siendo normalmente la mujer la menor de ambos. Este era, pues, el caso de Masha y Serguéi.

    Tolstoi se sirve de este aspecto para plantear el choque entre dos distintas formas de concebir -y sentir- la felicidad. Por extensión, ambos implican dos maneras distintas de amar al prójimo. Uno, representado por Masha, es más aventurero, juguetón y dependiente de la compañía de los demás -y, por consiguiente, de las convenciones sociales-. Por otro lado, el de Serguéi es un afecto más sosegado -hasta quizás se podría decir extenuado, que no por ello cínico- consciente de la plasticidad de las relaciones sociales y los usos sobre los que se sostienen; es un amor que ha dejado de jugar con su tiempo y que necesita de la calma y tranquilidad para no caer en la desesperación.

    Ambos mundos son representados por dos locus concretos en la obra: por un lado, Petersburgo, la ciudad atiborrada de bailes, ahí donde algo así como la reputación tiene sentido; por otro lado, Nikólskoe, la aldea, un lugar donde todo pensamiento es sagrado e inmaculado, imperturbable.

    El proceso emocional que se desarrolla en la protagonista de la historia, Masha, es aquel que creo identificar también en McCandless: la convivencia de ambos impulsos en la primera etapa afectiva (con esto no queremos establecer orden cronológico, bien puede aún estar presente en los más ancianos); que en el momento en el que más sinceramente disfrutes de los juegos eróticos de tu época y de tu edad, una idea intempestiva del ideal de amor y felicidad te azote fuertemente. En la obra, este ideal a destiempo es aquel de sacrificio hacia el resto.

    Y uno se pregunta en este punto: ¿No representa acaso el ideal de Masha dicho sacrificio? Al fin y al cabo, está entregándose a los demás y disfrutando sinceramente de sus juegos y sus códigos afectivos. No exactamente, ya que para que se pueda hablar de un sacrificio, tal y como lo entiendo yo, es necesario un previo distanciamiento de la primera persona. Utilizando el ejemplo de los bailes, esto quiere decir: bailar con el resto más por los demás que por uno mismo. Serguéi, por ejemplo, aunque percibía cierto placer con las congratulaciones y las reuniones de Petersburgo, sentía que por encima de todo estaba cumpliendo un deber social.

    Por una parte, hay una voz que nos encomia a un retiro emocional, a un amor al prójimo desde cierta distancia y hasta con algún grado de arrepentimiento:

“Yo he vivido mucho y creo que sé lo que nos hace falta para la felicidad. Una vida apacible, recogida, en la lejanía de nuestra provincia, con la posibilidad de hacer el bien a las personas a las que es tan fácil hacer un bien al que no están acostumbrados; luego, el trabajo […]; luego, el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo” (Tolstoi, 2012: 79)

Paralelamente, el otro impulso nos empuja a fluir con el resto, a aceptar sus códigos para disfrutar de sus alegrías, sus aflicciones y costumbres. Y aquí añadiría, dicho goce es necesariamente inconsciente.

    Me gusta pensar que McCandless también llegó a la misma conclusión tras leer esta historia: el segundo de los procesos -llamémosle, amor metairónico- puede presentarse intempestivamente en su homólogo anterior -amor preirónico-. Entonces, el matrimonio entre Masha y Serguéi estaría contenido en cada uno de nosotros, quienes tenemos que saber dirimir el choque que se pueda suscitar. Es mucho más interesante cuando estos colisionan de manera intempestiva, como le sucede Masha en la historia y como le sucedería también a McCandless, bajo mi punto de vista.

    Así pues, no creo que McCandless haya sido un ermitaño que quisiese aislarse de una vez por todas de su género. Si bien en él estaban presentes ambos impulsos (qué mejor prueba de ello que si propio viaje, donde se combinan casi armónicamente ambos elementos). La travesía le reafirmaba constantemente que la felicidad es un imposible de forma individual. Algo tan cotidiano pero tan bello como es la interacción con la gente, la profundización sincera en sus almas, es lo que pudo redirigir un aparentemente inexpugnable impulso juvenil. Otra cuestión que merece más detenimiento es la que concierne a sus padres. ¿Hasta qué punto esta entrega y empatía tan características en Christopher no llegaron a filtrarse en su propio hogar? No es que desmerezca los problemas familiares por los que pasó, pero no deja de sorprenderme que la misma madurez y determinación que se proyectó para con las personas que conoce durante su viaje no las haya aplicado también con su propia prole.

    Quizás una de las cosas que más lamento de su pérdida tan prematura es que su legado quedó incompleto. ¿Cuántas cosas podríamos haber aprendido del diálogo intergeneracional entre el joven McCandless que se expatria de manera tan contundente y aquel otro que, desde las altas horas de la vida, le habría descubierto tantas cosas?

 

*** Apéndice: lo que entiendo por amor irónico y amor metairónico a partir de fragmentos del diario de Tolstoi.

    Tolstoi es una persona que llega a conocer la gloria en vida, razón por la cual no sabemos hasta qué punto esto supuso un filtro importante a su honestidad a la hora de relatar sus vivencias personales. Él mismo cede lo que llevaba de sus diarios a su prometida un día antes de contraer nupcias y, más adelante, se referiría directamente a sus hijos en las entradas, consciente de que sus diarios algún día serían leídos por ellos (y con hijos también me refiero a la Humanidad). Creo, pues, que no estoy cometiendo ningún sacrilegio en exponer ciertos fragmentos de sus escritos personales -como tal vez sí sucedería con los del pobre Kafka-.

    A continuación, me gustaría presentar una serie de pasajes de los diarios de Tolstoi, en los que creo que se puede ver cómo conviven ambas pulsiones en el mismo autor ruso: el del amor preirónico y el metairónico. A partir de ahora, me referiré a este dilema como “dilema conyugal”.

Amor preirónico.

“[…]¡Cómo cambia la manera de ver la vida cuando no vives para ti mismo sino para los demás! La vida deja de ser un fin y se convierte en un medio. La desgracia hace al hombre virtuoso; la virtud lo hace dichoso; la dicha lo hace vicioso” (2002: 45)

29/11/1851 “Para mí el ideal del amor es el sacrificio total de uno mismo en aras de ser amado” (2002: 61)

“El hombre fue creado para la soledad, soledad no en un sentido literal, sino en el sentido moral. Hay algunos sentimientos que no pueden ser confiados a nadie. Aunque sean sentimientos hermosos, sublimes, uno pierde en la opinión de la persona a quien se los confía, incluso si solo se le de la oportunidad de que los adivine” (2002: 53)

“[…] Debo acostumbrarme a que nadie nunca me comprenderá. Este es, seguramente, el destino común de la gente demasiado difícil” (2002: 96)

“Tengo veinticuatro años y aún no he hecho nada. Siento que no en vano desde hace ocho años lucho en contra de las dudas y de las pasiones. Pero, ¿a qué estoy destinado? Es algo que revelará el futuro. Maté tres perdices” (2002: 92)

“[…] Quiero volver a mi antigua rutina de soledad, orden, pensamientos nobles y buenos y ocupaciones. Ayúdame, Dios mío. Hoy por primera vez estoy experimentando un sentimiento extraordinariamente triste y doloroso: un pesar por la juventud perdida sin beneficio ni placer. Y siento que la juventud pasó. Es hora de despedirse de ella” (2002: 100)

“Casi cada vez que me encuentro con una nueva persona experimento un dolorosa sentimiento de decepción. Me imagino que es como soy yo y la estudio según esos parámetros. De una vez por todas debo acostumbrarme a la idea de que yo soy una excepción; que o bien he rebasado mi época, o soy una de esas naturalezas inadaptadas y hurañas que nunca están satisfechas. […] Por eso no conozco ninguna sociedad en la que me sienta a gusto. Siempre siento que la expresión de mis pensamientos más sinceros será tomada por una falsedad y que la gente no podrá simpatizar con mis intereses personales” (2002: 116)

“[…] Es curioso que solo ahora me haya dado cuenta de uno de mis mayores defectos: la tendencia a mostrar mis cualidades superiores, que ofende a otras personas y despierta en ellas envidia. Para ganarse el amor de las personas se necesita, por el contrario, ocultar todo lo que te haga salir de lo común. Lo he comprendido demasiado tarde”  (2002: 132)

(ruptura)

“[…] ¡Pasó la juventud! Lo digo en el buen sentido. Estoy tranquilo, no quiero nada. Incluso escribo con serenidad. Solo ahora entendí que no es la vida la que hay que arreglar simétricamente alrededor de uno como uno quiere, sino que es a sí mismo a quien hay que romper, flexibilizar, para poder acomodarse a la vida, cualquiera que esta sea” (2002: 175)

Amor metairónico.

“[…] El principal cambio en mí en todo este tiempo es que comienzo a amar ligeramente a la gente. Antes era o todo o nada, pero ahora el verdadero lugar del amor está ocupado y las relaciones son más simples” (2002: 212)

“Dublitski, no te metas donde están la juventud, la poesía, la belleza, el amor. Allí, hermano, hay cadetes” (2002: 202)

“[…] si uno cree que el objetivo y la obligación del hombre es servir al prójimo, entonces hay que llegar hasta los medios para poder servir al prójimo: hay que elaborar las reglas de manera que, en nuestra situación, podamos servir. Y para que nosotros, en nuestra situación, podamos servir, ante todo hay que dejar de exigir el servicio de nuestros prójimos. Parece extraño, pero lo primero que tenemos que hacer es servirnos a nosotros mismos. Encender la estufa, traer agua, hacer la comida, lavar los trastos, etcétera. Con eso empezaremos a servir a los demás” (2002: 253)

“Pensé:
I) Evito a la gente, la gente me molesta. Pero, a ver, se vive solo por la gente y solo para la gente. Si la gente molesta, no hay razón de vivir. Alejarse de la gente es un suicidio.” (2002: 353)

” […] 2) Amar es transportarse al alma del otro, vivir de sus deseos. Yo no puedo. Aprende […] Cómo quieres hacerlo sin ejercitarte. Hay dones innatos, como la música: hay quien, en cuestión de amor, es delicado, intuye por el otro naturalmente, y en cuestión de música oye, se acuerda, encuentra, mientras que hay otro que ni intuye ni oye. Pero el uno y el otro deben aprender. Deben aprender, ejercitarse a amar, es decir, a sentir por el otro […]” (2002: 363-364)

“Hay dos medios para conocer el mundo exterior: uno es el medio más rudo e inevitable de conocimiento a través de los cinco sentidos. Con este medio de conocimiento no se formaría en nosotros el mundo que conocemos, sino que habría un caos que nos produciría sensaciones diversas. El otro medio consiste en conocerse a uno mismo a través del amor por uno mismo, y luego conocer a los demás a través del amor por ellos: volverse con el pensamiento otro hombre, un animal, una planta, o incluso una piedra. Con este medio se conoce desde adentro y se crea el mundo entero, tal y como lo conocemos. A este medio lo llamamos don poético y no es otra cosa que el amor. Es la restauración de la unidad aparentemente destruida entre los seres. Sales de ti mismo y entras en otro. Y uno puede entrar en todo. Todo, fundirse con Dios, con Todo” ( 2002: 415)

 

 

 

 

Referencias

KRAKAUER, Jon (1996) Into The Wild. New York: Anchor.
TOLSTOI, Lev (2012) Felicidad conyugal. Traducido por Selma Ancira Berny. Barcelona: Acantilado.
TOLSTOI, Lev (2002) Diarios (1847-1894). Traducido por Selma Ancira Berny. Barcelona: Acantilado