“May You Live Interesting Times”, propuesta II: Las estrellas.

Este es el segundo artículo que escribo sobre la 58 Biennale Arte di Venezia 2019, que se puede visitar hasta el 24.11.2019. Enlace al primer artículo: “May You Live Interesting Times”, propuesta I: paseando por la Biennale

 

Os prometo que todo esto de la Biennale está mucho más cerca de Beyoncé que de otra cosa.

El arte es elitista. La Biennale es elitista. No todo el mundo puede entrar en la Biennale, ni como público ni como artista: se necesita un cierto nivel socioeconómico, indiscutiblemente, y en el caso de los artistas, negocios sucios y contactos. Pero estoy francamente harta del discurso de la falta de accesibilidad del arte contemporáneo. No sé hasta qué punto el propio sistema del arte y sus contradicciones son responsables de la terrorífica percepción que tiene la gente sobre este tema, pero ahora mismo da igual. A todos los que me habéis dicho que tengo mucho valor, o que se necesita mucha cultura para ir a la Biennale: os estáis equivocando mucho. Absolutamente nadie mira raro a nadie por ir al Louvre. A nadie se le pasa por la cabeza que es otro museo elitista, que hay que pagar una entrada bastante más cara que la de la Biennale, y que la mayoría de obras son difíciles de entender, si por “entender” queremos decir comprender su contexto y vislumbrar la importancia de las obras en el resto del arte y de la cultura de un momento dado. Eso requiere estudio, lectura y cultura, está claro. Lo mismo se puede decir de las obras expuestas en Venecia: por supuesto que son difíciles de entender, nuestro mundo es muy difícil de entender. Y ahí están los artistas, los filósofos, los historiadores de las ideas y del arte, estudiando sin parar. Pero la experiencia artística es algo relativamente independiente de eso, el estudio casi nunca es imprescindible. Sobre todo en el caso del arte contemporáneo, me da la sensación de que la gente tiene miedo a la libertad que supone estar delante de una obra. Nadie te está exigiendo nada, no hay que hacer un examen a la salida. ¡Qué baja es nuestra autoestima como espectadores! Da igual si lo que te transmite esa obra no tiene nada que ver con la idea original, no es problema tuyo. Por supuesto que una cierta idea del contexto a menudo ayuda a no desvincularse enseguida de la obra, pero si te das el tiempo y el espacio para experimentar una buena obra de arte —y las de la Biennale son, en general, bastante buenas—, no es difícil que empiece a sugerirte cosas, a recordarte otras experiencias (sentimentales, intelectuales, ¡qué más da!), a darte ideas y sacarte emociones. Disfrutar el arte solo consiste en eso: no hay que ser una intelectual.

Desde que he entendido que las obras están ahí para mí, me gusta mucho el arte raro, hermético y abstracto, porque creo que me da más cancha como espectadora. Pero ni de broma todo el arte de la exposición es así. La mayoría de obras que vi eran bastante explícitas. No solo se entiende muy rápido cuál es la conversación que quieren abrir, sino que tienden a estar bastante politizadas, de una forma mucho más clara —en mi opinión— de lo que lo habían estado en el pasado. El arte ya no aspira al Espíritu, colegas, el arte está arraigado en la sociedad y la historia, y muchas veces lo reivindica. Se puede pensar que es una lucha hipócrita, la que se hace desde los grandes festivales y congresos, pero lo es solo en el sentido de cualquier crítica al sistema que se haga desde el sistema. Se puede rechazar completamente el arte y negar su extraordinaria capacidad para abrir panoramas, ofrecer propuestas, visibilizar protestas, matizar emociones, cambiarnos. O se puede disfrutar. Me parece importante destacar este matiz: una de las artistas de las que hablaré en un rato, Nicole Eisenman, dice con cierta picardía que “visitamos museos para vivir experiencias privadas en público”. ¿Por qué no disfrutar también de esta duplicidad público/privado, en la que tú, espectador, interactúas con lo que el artista ha querido decir, con lo que el comisario ha creído que podía transmitir y lo que a la japonesa que tienes al lado le ha hecho sonrojar? A mí me parece maravilloso.

Ir a la Biennale ha sido una experiencia personal, que he vivido en privado y que me apetece compartir con vosotras. He hecho una selección de artistas que creo que demuestran la variedad de la escena contemporánea. La selección que os he traído no tiene orden. He elegido a diez artistas por aferrarme al canon del TOP 10, y he intentado que sean lo más variadas entre ellas. Espero que al menos alguna de ellas os llame la atención.

  1. Zanele Muholi o el activismo de la mirada.
MaID III
Zanele Muholi, MaID III, 2018. Fuente: https://ocula.com/art-galleries/ingleby-gallery/artworks/zanele-muholi/maid-iii-philadelphia/

Muholi cree en lo que llama “activismo visivo”. Sus obras son fotografías, autorretratos. En el Arsenale, las obras son enormes —de verdad, enormes. Están dispersas por la exposición, de manera que de repente te encuentras con su mirada profundísima mirándote desde una foto de cinco metros de alto. Desde luego, es un desafío, un desafío cargado de la historia de Sudáfrica y de la del colectivo LGTB racializado (Muholi es activista lesbiana). Este desafío se gestiona de otra forma en los Giardini, donde las fotografías, más pequeñas, dialogan con la tradición retratística de mujeres: nunca mira a la cámara y casi siempre aparece de perfil, objetualizada. Pero de ninguna manera Muholi acepta ser un objeto, ella y la fuerza de sus ojos, de su piel, de los objetos con los que aparece en los cuadros. Una obra en los Giardini la muestra con un espejo: pensé rápidamente en Francesca Woodman, una fotógrafa cuya obra conocí hace unos años en Valladolid. El autorretrato femenino tiene una fuerza increíble, y Muholi no es la única en la Biennale que lo ha recogido: en los Giardini se muestra al lado de la obra de Katayama, la artista japonesa con malformaciones corporales que cuando posa se come la cámara, hipnótica. Poética del cuerpo y cuerpo como poética, pero poética de trinchera: lucha política. Feminismo.

  1. Alexandra Bircken: acabar con el heteropatriarcado, angustioso.
Eskalation
Alexandra Bircken, Eskalation, 2016. Fuente: https://universes.art/en/venice-biennale/2019/fast-tour-1/alexandra-bircken

En los Giardini, Bircken presenta una moto partida por la mitad y un traje de motorista colgado de la pared como si fuera una mariposa diseccionada. Parece una banalidad, pero ver el corte limpio, metálico, perfecto de todos los elementos interiores de la moto impresiona. Lo lejos que está de la disección animal deja a la visitante intranquila, una visitante que se encuentra de frente con una muñeca sexual hecha de bronce y empieza a buscar desesperadamente la conexión. Vulnerabilidad y poder, máquina y hombre, hombre y mujer. El hombre sale mal parado, en definitiva, colgado de la pared como una mariposa. También salen mal paradas las figuras de Eskalation, la obra expuesta en el Arsenale. Como en una composición de Escher, un montón de figuras antropomorfas de látex negro, como una sucesión interminable de sacos de boxeo que se colocan a lo largo de un montón de escaleras que suben hasta el techo. Algunas suben, algunas caen, colgadas. Es una visión distópica, una ascensión sin sentido, un montón de materia maltratada. ¿Somos nosotros, individuos del tardocapitalismo, esos cuerpos?

  1. Nicole Eisenman: en el estudio de la artista.
nicole-eisenman-morning-studio
Nicole Eisenman, Morning Studio, 2017. Fuente: https://kottke.org/17/03/morning-studio-by-nicole-eisenman

Creo que Eisenman es, igual que Bircken, muy consciente de su situación en el mundo. Un amigo me dice que en el reino del individualismo radical en el que vivimos nos hemos olvidado de hablar de cosas que no sean el propio “yo”, y que con eso hemos olvidado la tradición. Me parece que Eisenman solo habla del yo, es verdad. Siempre va de ella, artista, queer y dolida. El mundo que la rodea es desapacible, cargado de “fuerzas cancerígenas”, como las denomina a propósito de las esculturas expuestas en el Arsenale. Pero si bien la brecha insondable que separa a Nicole del mundo potencia el relato subjetivo, esta artista logra honrar asimismo la tradición. Y no se trata de rendir tributo, sino de usarla. Le permite, por ejemplo, moldear de diferentes formas la inquietud y la desazón según la pieza. En los Giardini destaca Morning Studio, un retrato en el que aparece con su novia en una habitación que podría ser la nuestra. Los colores del expresionismo alemán, y la composición cuidada hacen del retrato una verdadera pintura de género, dignísima heredera de Vermeer o Courbet.

  1. Stan Douglas: técnica para la cotidiana vida cuántica.
Captura de pantalla 2019-07-25 a las 11.28.46
Stan Douglas, Scenes From the Blackout, 2017. Fuente: https://www.davidzwirner.com/exhibitions/dct%E2%80%99s-and-scenes-blackout

La obra de Douglas no sería lo que es sin la atención por los detalles que demuestra a cada instante. Como Eisenman, sabe lo importante que es la técnica y la composición, y sabe que la atención a los detalles no solo tiene consecuencias formales, sino que es un posicionamiento ideológico que afecta al contenido. En el Arsenale expone Scenes from the Blackout, fotos de gran formato que reconstruyen una “historia especulativa”: qué pasaría si en la ciudad de Nueva York hubiera un apagón total. Se suceden estudiadísimas escenas de gente en la calle, escenas de desobediencia civil, casas. Yo me quedé embobada ante la fotografía de una anciana jugando al solitario en un ascensor. Eran realmente preciosas, y miraban a la ciudad desde la calle, desde la gente, cosa que a veces se nos olvida. El cuidado por los detalles y el cinematismo son el vínculo entre esta obra y Döppelganger, la película proyectada en los Giardini. A través de una pantalla translúcida se nos proyectan a la vez dos historias, la de Alice y la de su gemela alienígena. El montaje está inspirado en el entanglement, la unión increíble de dos partículas que se da en el mundo cuántico por la cual aquello que le sucede a una le sucede a la otra, por grande que sea la distancia que las separa. La película es incluso entretenida, todo gira alrededor de la duplicación y acaba siendo completamente mindblowing, pero merece mucho la pena.

  1. Haris Epaminonda: juegos de reflejos.
AAM2017_Haris_Epaminonda_Install15 copy
Haris Epaminonda, Vol. XXII, 2017. Fuente: https://www.aspenartmuseum.org/exhibitions/128-haris-epaminonda-vol-xxii

Para bonitas las obras de Epaminonda. Ganadora del León de plata para la participante promesa, esta chipriota lo tiene todo. Su idea es crear instalaciones con materiales varios tomados de su vida: cerámicas, libros, fotografías. Al convertirse en obra de arte, los objetos de orígenes diversos pasan a compartir un escenario, y por lo tanto se crean relaciones, narraciones, historias entre ellos. No son historias que conozca el espectador, ni mitos culturales, son solo caminos sugeridos para la visión y la vivencia. En el Arsenale está L’invenzione di Morel, una obra que gira alrededor del mar aprovechando el título de una novela de Adolfo Bioy Casares: es sugerente, llena de pequeños juegos y sorpresas, bellísima. En los Giardini, presenta Chimera, una obra que habla sobre la experiencia de la memoria y sobre la inquietud de no saber nunca si los recuerdos son verdaderos. De esa obra me llamó la atención la importancia del paisaje sonoro, creado por Kelly Jayne Jones. ¡Qué importantes son los sonidos!

  1. Rosemarie Trockel: seguimos uniendo los puntos.
BIENNALE ARTE 2019
Rosemarie Trockel, CLUSTER: One Eye Too Many, 2019. Fuente: https://www.artsy.net/article/artsy-editorial-venice-biennale-artists-create-truths-era-fake-news

Como Epaminonda, en la obra de Trockel tienen muchísima importancia las relaciones, planeadas o no, que se crean entre objetos e imágenes. Su obra se convierte en un cosmos de imágenes entre las que ninguna está priorizada sobre las demás, y en el que se pueden encontrar relatos incluso contradictorios. Ver la obra que presenta en el Arsenale, CLUSTER: One Eye Too Many, es como hacer una gimkana. Se trata de ver más allá del titular, de la apariencia, fijarse bien. Cuando lo haces, de los collages y las imágenes de revista emergen sorpresas: Hannah Arendt en el pendiente de la hija de la galerista de Trockel, retratada como si fuera la joven de la perla, un panorama terrible en las noticias de un recorte de periódico aparentemente inocente, la luminosidad de un anuncio de United Colors of Benetton perdida con el mensaje hipócrita de la marca. Las cosas no solo no son lo que parecen, sino que cuando se revelan, se llegan a convertir en insoportables. Y esa insoportabilidad, construida a partir de muchas imágenes, trazada por los espectadores, es lo que nos queda cuando damos la espalda a Trockel para seguir visitando la exposición.

  1. Rula Halawani: el dolor se hace presente.
Rula_Halawani-Les-portes-du-Paradis-Jerusalem-2012
Rula Halawani, Gates To Heaven, 2017. Fuente: https://www.featureshoot.com/2014/08/keep-eye-wall/

La primera vez que vi las obras de Halawani me pregunté por qué estaban borrosas. Halawani es una fotógrafa palestina, que habla a través de sus obras de la tortura perpetrada contra su país. Busca la Palestina histórica, cada vez menos visible, y retrata la ocupación de una forma negativa, a través de todas aquellas cosas que no pudieron ser por culpa de la invasión. En los Giardini, For my Father recorre sitios de su infancia, sobre todo las playas donde se había bañado ahora plagadas de avisos de minas antipersona. En el Arsenale, The Wall, Gates to Heaven (en referencia a las puertas de Jerusalén), documenta las puertas siempre cerradas a cal y canto del muro que delimita la frontera entre Palestina e Israel y que dividió familias, impidió el acceso a lugares de culto de miles de personas y cada día permite la humillación y la propagación del miedo. Halawani hace del caos y la desorientación poética, pero no lo convierte en un simple objeto estético. Sigue siendo terrible. Las fotos están emborronadas porque sobre esto solo se puede llorar.

  1. Julie Mehretu: desorientación.
sing unburied
Julie Mehretu, Sing, Unburied, Sing (J.W.), 2018. Fuente: http://www.dreamideamachine.com/en/?p=40382

Mientras paseaba por la exposición, tenía muy presente la idea de las obras que surgen del borrón, de la distorsión. No solo porque me golpeó fuerte la obra de Halawani, sino porque noté que muchas artistas la usaban, de un modo u otro. El ejemplo más radical es Julie Mehretu. Ella trabaja directamente con el borrón. Coge una imagen de fondo, proveniente de un suceso que la haya golpeado, y la hace completamente irreconocible, diluyéndola, perdiéndose a través de una improvisada difuminación, cada vez distinta. El resultado son series de obras abstractas, poco variadas pero hipnóticas. Mehretu dice que se niega a hacerse fácilmente legible, y reclama la herencia de la cultura afroamericana, especialmente de sus protagonistas femeninas, tanto rindiéndoles homenaje en los títulos (adjunto la foto de una obra llamada Sing, Unburied, Sing, fantástica novela de Jasmine Ward), como reivindicando la importancia de nombres como Alice Coltrane. Esa mezcla entre abstracción e improvisación, dice, es lo que empezó Ornette Coleman, pionero del free jazz. No es una moda, ni un estilo, propiamente: tiene que ver con una sensibilidad concreta, una forma de acercarse al arte y al mundo, y también de hacer activismo.

  1. Shilpa Gupta: también esto es activismo.
tongue
Shilpa Gupta, For, in Your Tongue, I Cannot Fit, 2017. Fuente: https://www.ft.com/content/2f303990-719d-11e9-bf5c-6eeb837566c5

Gupta nació en la India. Su obra critica, como Halawami y tantas otras artistas, la función represiva de los confines, sobre todo los nacionales, pero en general presente en cualquier confín binario identitario. Son obras con una potencia muy grande, conceptuales, pero profundamente emocionales también. En los Giardini, resuenan los golpetazos de su UNTITLED, una puerta cancel de esas que sirven para blindar urbanizaciones privadas que rebota contra una pared de yeso, destruyéndola poco a poco. ¿Es un aparato de seguridad o de destrucción? ¿Es posible una cosa sin la otra? La cancela hacía mucho ruido, de verdad. Me recordó a las obras de Sun Yuan y Peng Yu, que invadían el espacio sonoro descaradamente, de forma muy violenta (adjunto un vídeo de su Can’t help myself). En el Arsenale, presentaba una obra mucho más delicada. For, in your tongue, I cannot fit era una sala llena de micrófonos modificados para hacer de altavoces, que recitaban textos de poetas encarcelados por razones políticas de todo el mundo y de todas las épocas. Cada micro tenía un poema debajo, pero no necesariamente recitaba ese. De hecho, la secuencia sonora era muy compleja: la idea era que todos los poetas censurados forman parte de lo mismo, de manera que sus voces se mezclan, a veces cantan. Los micros construían un solo mensaje, que no dejaba de ser un mensaje variado, hecho de pedazos en lenguas distintas, proveniente de tiempos diversos. Como espectadora, a veces sentía que los poemas te envolvían, a veces me veía excluida. En todo caso, la coralidad era lo más importante. Nadie sale de la cárcel del olvido solo.

  1. Ryoji Ikeda: the new sublime.
Data verse
Ryoji Ikeda, Data Verse, 2019. Fuente: http://myartguides.com/posts/the-my-art-guides-venice-biennale-top-15/attachment/screenshot-2019-05-22-at-17-59-45/

Termino este recorrido con Ryoji Ikeda porque me parece adecuado acabar en la obra de arte total. Él lo llama minimalismo monumental, yo creo que de minimalismo tiene poco. Antes de entrar en Spectra III, la obra de los Giardini, hay un cartel que previene a las personas epilépticas del riesgo de padecer un ataque. Se trataba de un pasillo de fluorescentes vibrantes que iluminaban el pasaje todo lo que se podía. Había tal cantidad de luz que se dejaba de ver, se convertía en un ambiente extraño donde el blanco era casi transparente, una experiencia alienante de tan deslumbrante como era. Me sentí agotada después de los diez metros que debía tener el pasillo. En el Arsenale, la experiencia aún fue más radical. Data Verse era una sala enorme, con una de las pantallas más grandes que he visto nunca. En la pantalla, de una definición impresionante, se proyectaba una formulación artística de cantidades ingentes de datos de la NASA, el Human Genome Project y el CERN. La proyección iba acompañada por otra formulación artística de esos datos, esta vez en forma de sonido. Era verdaderamente una sinfonía, una maravilla ante la que me sentí diminuta. Pensé en el sublime, en que nuestro sublime es quizás esto, encontrarnos solas ante la Información, que me apareció aquí como un nuevo Dios, o nueva Naturaleza. En cualquier caso, viendo todas aquellas cintas blancas de datos que bajaban en la pantalla, oyéndolos por todas partes, me sentí como si estuviera delante del mar de niebla.

***

“Y después de decirme que has encontrado el Sublime en una obra de Ikeda me tengo que creer que la Biennale está cerca de un vídeo de Beyoncé?”, me ha preguntado una amiga. Pues bueno, entiendo que no. Podría ser de Bjork, o algo así. De todos modos, si has llegado hasta aquí, ya da lo mismo, ¿no? Gracias por leerme. Ya sé que no sois muchas, pero me hace ilusión. No sé hasta qué punto este artículo ha sido lo que yo quería que fuera, que era compartir una serie de obras que de verdad me importaron. A mí estas cosas me conmueven, me cambian, vuelven a mí como vuelven los libros, o las películas que vemos a lo largo de la vida. Había muchos más artistas de los que me pasaría horas hablando o, mejor aún, a partir de los cuales me pasaría horas hablando. Supongo que por esto estoy aquí.

¡Espero que os haya gustado! Si tenéis alguna recomendación que hacerme, o queréis algo, ya sabéis dónde encontrarme.

Clara de la Torre

Enlaces e información de interés:

  • Lista de todas las artistas participantes en la exposición internacional. Os recomiendo que le echéis un vistazo.
  • Me remito a los enlaces de la primera parte del artículo.
  • La información sobre las obras la he extraído de la Guía Breve de la Biennale, que compré allí. También se puede adquirir on-line.
  • Khalil Joseph, uno de los artistas que exponían, de hecho es el director de Lemonade, el álbum visual de Beyoncé.
  • Ryoji Ikeda en acción.