Pneumatología de la cotidianidad (II): Tedio

La puerta de un colegio en hora punta es un tesoro para los ojos ávidos de degustar el estrambótico curso de la vida, o la insoportable levedad del ser en palabras de Kundera, que si hubiese acudido a recoger a sus hijos mientras la nube de Mayakovsky mojaba los pantalones de las madres, padres y hermanos que se ven obligados a recoger a sus pequeños, no hubiese sido tan pedante. Volvamos al colegio y dejemos a Kundera tranquilo.

Se trata de un viernes, día lluvioso, gris, pegajoso. La proximidad del fin de semana no aligera la pesadez del trayecto. Diez minutos para que se abran las puertas y uno se siente cansado. El cansancio de un funcionario que ya se ha pasado el buscaminas y tiene dos horas muertas hasta la salida. El cansancio que debió sentir Kafka en su despacho de la empresa de seguros que le pagaba las facturas. Pienso que únicamente una oficina puede provocar semejante estado. Tedio es el concepto, uniendo sus tres acepciones: aburrimiento, desagrado y pesar. El tedio agota. La sensación es la de caer dentro de un agujero negro. Tienes la conciencia de que todo sucede velozmente, pero estás estático mientras la realidad se distorsiona a tu alrededor. Posteriormente viene la oscuridad, has cruzado el Horizonte de Sucesos y sientes como te comprimes hasta ser un punto de densidad infinita. Has perdido tu tridimensionalidad, ya no eres nada. Bukowski llamaba a las persones caídas, los hombres congelados. Quizá tenga razón. La imagen del cuerpo sin órganos también es una buena metáfora de este suceso, aunque dudo de que fuese esta la pretensión de Deleuze. Céline lo describe como la noche. Dostoievsky como el subsuelo.

Giro la cabeza y ahí está. Quizá se trate del padre incompetente del vómito en el metro. Está con un carrito de bebé y le da la mano a su hija que deberá tener un año, lo suficiente como para empezar a andar. El padre mira a la niña y se le escapa el carrito vacío que decide no respetar el semáforo en rojo. Ante el sobresalto, el padre da dos pasos ágiles hacia el carrito y lo agarra, olvidando que lleva a la niña asida de la mano y, sin soltarla, la arrastra pesadamente por el suelo.

Aquí tenemos la esencia del tedio, en esa niña que se siente perpleja por su situación sobrevenida, que no sabe cómo ha llegado a estar en el suelo con las rodillas algo magulladas y que solamente tiene la certeza de que no puede escapar de ahí.

Escena absurdamente trágica. Tragedia sin héroes. Hegel reflexiona en su Aesthetik sobre como la comedia es la superación de la tragedia absoluta, aquella que no deja lugar a los gestos grandilocuentes y en la que, si los hubiere, estos destacan por su ridículo. Quizá este fuera el caso y eso explicaría la sonrisa que se me escapó.

O Quizá nada de esto sucedió y no fue más que sueño infundido por el agua de flores de Oberón para hacerme tolerable el paseo.

O fue una premonición trágica de Hécate tratando de mostrar cómo será el resto de mi vida.