“May You Live Interesting Times”, propuesta I: paseando por la Biennale

Me despierto en Venecia. Sonrío cuando salgo de la estación de Santa Lucia y veo el canal, donde la calima filtra la luz y hace que parezca soñolienta. ¿Cómo soy tan afortunada? Son las ocho de la mañana, he cogido el regional desde Bolonia a las seis. Me he levantado a las cinco para hacerme la comida y me he encontrado con una de mis compañeras de piso, que volvía de fiesta. Se ríe de mí porque dice que podría haber cogido un tren más tarde, pero yo creo que esta vez merece la pena. Tengo muchas ganas de aprender y las expectativas altas.

La Biennale de Venecia se celebró por primera vez el 1895, fue el primer gran evento de arte contemporáneo de un país que no llegaba a los veinticinco años. Resultó ser una buena idea, y a partir de principios de siglo empezó a acoger las obras de las grandes figuras del arte contemporáneo: Klimt, Picasso, Braque, Klee, Modigliani. El 1930 se celebró por primera vez el Festivale internazionale di musica contemporanea, iniciando el camino hacia la multidisciplinariedad que ahora caracteriza la muestra: el 1932 empezó la Mostra internazionale d’arte cinematografica di Venezia, que se convertiría en uno de los principales festivales de cine del mundo, y lo mismo pasó el 1934 con el teatro. La Biennale, que no dejaba de crecer, estaba destinada a concentrarse en el tiempo y expandirse en el espacio: hoy en día la mayoría de muestras son anuales, y al originario espacio expositivo de los Giardini se añadió el 1980 el espacio del histórico arsenal de Venecia.

La Esposizione internazionale d’arte, que sigue siendo Biennale, llega a su edición número 58 este 2019. Al principio pensaba ir solo un día, pero por suerte me di cuenta de que habría sido imposible. De un tiempo a esta parte, la exposición se divide en dos partes: un comisario, diferente cada edición, monta una exposición invitando a artistas de todas las partes del mundo, paralelamente, se organizan las exposiciones de los pabellones nacionales. Los primeros pabellones se empezaron a construir en los Giardini, pero conforme la Biennale se hacía más grande, algunos se tuvieron que ubicar en el Arsenale o en otros sitios diseminados por Venecia. Yendo hacia los Giardini, por ejemplo, me encontré con el pabellón de las Islas Granada: uno de los 89 países participantes de este año.

El comisario de esta Biennale, Ralph Rugoff, ha decidido darle una vuelta de tuerca a la organización normal de la muestra. May You Live Interesting Times propone, en realidad, dos exposiciones, o propuestas A y B. La propuesta B, en los Giardini, presenta obras de los mismos artistas que se exhiben en la propuesta A del Arsenale. ¿Repetitivo? En absoluto. Toda la Biennale se construye a partir de la idea de conversación, y como se sabe que dos no discuten si uno no quiere, Rugoff se ha asegurado de enfrentar, a todos los niveles, por lo menos dos puntos de vista. Giardini y Arsenale, exposición y pabellones, obras de la propuesta A con obras de la propuesta B, artista y obra, obra y público, obras entre ellas dentro de los espacios, diferentes combinaciones de artistas en la misma sala, obras al abierto y obras en el interior. Todo está pensado para generar el diálogo y para multiplicar las conexiones posibles. Es lúdico y liberador. Un juego, como el título de la muestra: a finales de los años 30, cuando aún ni se imaginaba adónde llegaría el tema de las fake news, Sir Austen Chamberlain dijo en un discurso que un diplomático en Asia le había enseñado el proverbio chino “May you live interesting times”, donde “interesting” tanto puede querer decir “interesantes” como “perturbadores”. Resulta que no existe ese proverbio chino, fue una invención de los políticos europeos. En el panel antes de entrar a los Giardini hay una gran etiqueta con el nombre de “Theresa” pegada encima del título: Theresa May you live interesting times. Efectivamente, a todos nos gusta jugar.

Mi idea inicial para este artículo era hacer un elenco de las exposiciones “nacionales” que más me habían gustado, pero entré en los Giardini y me encontré enseguida con el pabellón de Checoslovaquia. La idea de nación es una maldición, siempre presente y siempre en el filo de la navaja: ¿es o no es obsoleta? ¿es o no es útil? ¿debe o no reivindicarse? Ya sé que estamos todos cansados del tema, yo también. Pero es pertinente. Porque, por mucho que quiera evitarlo, entré en el pabellón de Holanda —los Países Bajos, para ser exactos— y me sorprendí de ver ocho retratos de mujeres negras. Al principio me sorprendí, porque “Holanda no es negra”. En mi cabeza tenía mucho más que ver con el móvil alla Mondrian expuesto en el espacio sucesivo. Luego recordé que Holanda fue una de las mayores potencias coloniales esclavistas europeas. ¿No hace de Holanda un país principalmente negro durante la mayor parte de la historia? Claro que no. Porque la nación no es eso, ¿o sí? Creo que la idea de hacer colisionar Mondrian con esos retratos que me miraban fijamente fue una gran elección por parte de Iris Kensmil, una de las artistas responsables del pabellón.

Aceptemos que desde el momento en el que se organiza a partir de “pabellones nacionales”, la Biennale se tiende a leer en clave nacional. Ahora bien, no todos los pabellones toman la misma posición en relación con el tema. En primer lugar, por supuesto, había pabellones que querían abiertamente reivindicar su identidad, su cultura, su historia. Una informadora me explicó en el pabellón de Ucrania la obra que presentaban, The Shadow of Dream Cast Upon Giardini della Biennale. El día de la inauguración, habían hecho pasar por encima de los Giardini el avión más grande del mundo, “Mriya” (“sueño”), que resulta ser una antigua aeronave militar hecha en Ucrania. Contenía un disco duro con la obra de todas las personas (artistas reconocidos o no) que habían respondido a la convocatoria para la exposición, que quería reunir a todos los artistas ucranianos vivos. «Ucrania siempre ha sido olvidada, el arte ucraniano siempre ha estado en la sombra. Además, nuestra nación se ve constantemente ridiculizada por poderes como Rusia, que tienen grandes aviones y mucho dinero. Queríamos jugar con la idea de ser nosotros los grandes, nosotros los que decidíamos quién estaba en la sombra”. Otros países tomaban la misma estrategia que Ucrania, usar el espacio artístico para reivindicarse como nación unida: Kosovo, a través de la voluntad de recordar una guerra aún demasiado olvidada, o Sudáfrica, entre otros. Esta última me gustó mucho: lejos de la propuesta más bien simplista de Ucrania, hablaba de resiliencia, de enfrentar la realidad en vez de simplificarla o hegemonizarla. Una Sudáfrica unida, consciente de las heridas aún abiertas, a través de sus materiales y sus artistas se muestra al mundo.

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Elephant, 2014, Lynette Yiadom-Boakye

Reivindicarse como nación unida y grande es exactamente la propuesta contraria de Ghana, que también participaba en la Biennale por primera vez. Ha sido uno de los pabellones más aclamados, y con razón. Hay que ser muy valiente para entrar en la Biennale cuestionando la utilidad de la unidad de la nación para alcanzar una supuesta “libertad” que había sido prometida por la descolonización. A través de manifestaciones artísticas de diferentes tipos (escultura arquitectónica, fotografías, pinturas), hacía pensar en las diferencias, la diáspora y la identidad poscolonial mejor que cualquier otro pabellón. Las pinturas de Lynette Yiadom-Boakye me gustaron especialmente.

Madagascar también se presentaba en la Biennale por primera vez. Me llamó mucho la atención, porque I have forgotten the night, la única obra de su espacio, consistía en una serie de pasillos hechos con papel de seda negros envuelven el espectador, suaves y profundos. No piensas en Madagascar, piensas en la noche, y en cómo ese palacio de papel de seda se parece y no se parece a ella. “Joël Andrianomearisoa does not pay tribute to a country, but to the majesty of beyond black and its mournful wanderings”, dice Rina Ralay-Ranaivo, comisaria de la exposición. También me llamó la atención el pabellón de Luxemburgo, otro país que no reivindicaba su identidad a través de la muestra. Fijaos si la reivindicaba poco, que la muestra de un país rodeado de cientos de kilómetros de tierra se llamaba Written by Water y era obra de un portugués, Marco Godinho. Del negro de Madagascar al blanco espuma de Luxemburgo.

Algunos países reivindicaban su identidad histórica o política abiertamente, otros no. Y luego había casos un poco más perversos, en los que parecía que no, pero pensándolo dos veces… Lo que quiero decir es que el pabellón de Estados Unidos se llamaba Freedom y que Francia seguía proponiéndonos un viaje a las profundidades del océano de nuestro inconsciente como si esto fuera una sesión de psicoanálisis. Es sutil, pero ahí está. Estados Unidos siempre ha sabido hablar de “libertad”, Francia y sus psicoanalistas siguen sabiéndolo todo de nuestras profundidades. Pienso que la gracia de las hegemonías nacionales más fuertes es que se convierten en hegemonías ideológicas.

 

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No-entrada al pabellón francés. Foto: The Guardian

No me malinterpretéis, me gustó mucho el pabellón francés —a mí y a casi todos. Cómo no me iba a gustar, si era un espectáculo. Al pabellón, sumergido en la bruma como el pabellón central, no se entraba por la puerta, sino por el sótano, lleno de basura. Entonces subías unas escaleras y llegabas a un universo líquido, un océano lleno de residuos, una paloma fumando, arena, plástico. Y, proyectado en la sala más profunda del pabellón, en el centro de todo, el Bleu Profond absoluto. Detrás de unas cortinas que costaba atravesar, entrabas en el magnífico universo construido por Laure Prouvost. Un vídeo, y luego un espacio de performance, que en un francés dialectal casi incomprensible te llevaba a través de trucos de magia y surrealismo a un mundo de amalgamas: ancianos y niños, extranjeros y locales, reales y fantásticos. Realmente salías del pabellón impresionada.

El mar es, en general, un gran protagonista de esta edición. Solo hace falta ver el revuelo que ha causado Barca Nostra, la nave que naufragó con más de mil personas a bordo a 193 kilómetros de Lampedusa en el 2015, expuesta como obra de arte en el Arsenale. El mar como espacio de diáspora se reprende, entre otros, en la Casa empática de Uruguay, pabellón precioso y poético que ofrece un “paisaje del mundo” concentrado en una casa, un paisaje con las “fronteras rotas”. Como mencionaba antes, vuelve también en el pabellón luxemburgués, que consigue tratarlo con fantástica delicadeza, dejando espacio al espectador para disfrutar la obra sin imponer la lectura política, pero sin apartar la mirada, la evidencia. En el espacio de Filipinas, en cambio, el mar deja de ser el espacio de lo ajeno, el viaje y la partida para ser casa: Island Weather es una obra que se ve desde arriba, caminando sobre unas plataformas con la forma del archipiélago que se hacen eternas como el océano a través de juegos de espejos, y que engloban todo lo que el mar significa para una isla. Precisamente aquello que no es la isla, el mar y todo lo que los isleños han vertido en él, materiales e ideas, es la fuerza, social y poética, que mueve la vida.

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Pabellón filipino. Foto: PAVB

El pabellón de Malta se llama Maleth / Haven / Port –Heterotopias of Evocation. El concepto de “heterotopía” fue formulado por Michel Foucault en su conferencia Des espaces autres (1967): al contrario de las utopías (lugares fuera del espacio real), las heterotopías son espacios que no se pueden llamar lugares, porque están fuera de la red que une todos los demás lugares y a través de la cual nos movemos normalmente. Las diferentes culturas desarrollan heterotopías para permitir que los individuos salgan de la dinámica social con diversos objetivos, entre los cuales se encuentran la purificación, la normalización o la marginalización pura y dura. En el pabellón maltés, se trata el puerto como heterotopía, y se reflexiona sobre estos sitios de transición, llegada y partida, y sobre el significado que a partir de ellos se puede dar al viaje y al mar. “Ten siempre a Ítaca en tu mente”.

Me llamó la atención que los comisarios de Maleth hubieran explicitado el término “heterotopía” en el título de su pabellón, porque era un concepto que tenía muy presente a lo largo de mi visita. La razón principal es la experiencia traumática que tuve en dos pabellones, Bélgica e Israel, muy ligada a dos de las heterotopías foucaultianas más conocidas: la prisión y el hospital. El pabellón belga se llamaba Mondo Cane. Todo el espacio estaba ocupado por autómatas divididos en dos grupos: en el medio del pabellón, artesanos y artistas desempeñan sus funciones en un pulcro orden idealizado; a los lados, zombies, mendigos, psicópatas y marginados fuera de control encerrados en celdas. Habría sido de esperar que los individuos apartados en la heterotopía de la prisión, exageradamente inquietantes, fueran lo más perturbador del pabellón. Sin embargo, era la visión de la “normalidad” lo que helaba más la sangre: tú, yo, y cualquier otro espectador, habría metido a los artesanos enseguida en una celda, porque daban mucho miedo. ¿Cuál es, entonces, el significado de la marginalidad, y cómo de problemático es determinar cuál es útil en una sociedad? ¿Para quién es útil, esta heterotopía?

Pobre de mí, salí de Bélgica pensando que sería lo más incómodo que viviría aquel día. Y me fui al pabellón de Israel. Y aluciné. Porque una cosa es mostrarte la heterotopía, y otra cosa es meterte en ella. No acabé de entender quién había tenido la gran idea de presentar Field Hospital a la Biennale, teniendo en cuenta lo delicada (digamos delicada por no decir extremadamente injusta, criminal y denigrante) que es la situación política en Palestina. En pocas palabras, era un pabellón que tenía por misión coger los sujetos-espectadores y “curarlos”, adaptarlos a una visión muy concreta de la realidad y la normalidad, a través de un recorrido marcadísimo que contrastaba con la importancia que desde el arte contemporáneo se suele dar a la libertad del espectador. Biopolítica básica. No quiero extender demasiado el cuerpo de este artículo, así que si os interesa saber de qué iba la cosa, lo podéis leer más abajo. Si no, os podéis quedar con la idea de que era como entrar en un capítulo de Black Mirror.

Quizás una exposición como esta se podría considerar en sí una heterotopía, un sitio donde retirarse a experimentar el arte fuera del funcionamiento normal en Venecia. Eso si aceptamos que sea posible comportarse normalmente en la Serenísima, heterotopía de las heterotopías —que se lo digan a Thomas Mann. Es curioso cómo Venecia siempre está en tu cabeza cuando estás en Venecia. No puedes evitarla, absorbe tu atención y te saca de cualquier otro camino mental antes de que te dé tiempo a evitarlo. Acabé la jornada agotada, y me dejé llevar por la ciudad sin pensar en nada más que en ella hasta un hostel en la terraferma, barato pero un poco deprimente. Lo de aquel hostel era también muy raro, porque todo el mundo tenía pinta de estar cansadísimo y en el pozo, pero el ambiente parecía preparado para una gran fiesta. Tenían puesto a toda pastilla un tema de hip hop que me sonaba de algo. Qué mundo extraño, de verdad.

En unos días tendréis la cara B de esta experiencia. ¡Si habéis llegado hasta aquí, os recomiendo que la leáis, porque probablemente os interese!

Clara de la Torre

 

Enlaces de interés:

 

Bonus track: el tema de Israel

“Field Hospital X es un sitio donde las voces calladas pueden ser escuchadas y las injusticias sociales pueden ser vistas (…) Desarrolla medios que ofrecen un sitio seguro en el que historias personales sobre injusticias sociales pueden ser vistas y sentidas”. Leo estas cosas en el panfleto que me han dado a la entrada del pabellón, donde también me han hecho coger un número como en la pescadería. Estoy en una reconstrucción de una sala de espera, toda azul y blanca, y hojeo el panfleto hasta que me llaman, “número 85”. Me hacen escoger entre un proyecto sobre una historia trans trágica (ah, el buen rainbow washing), una historia de abusos sexuales en la familia y “Palestinian anonymous”. PALESTINIAN ANONYMOUS. Bueno, pues yo escojo obviamente “Palestinian Anonymous”. Me ponen una pulsera de hospital y me hacen quitar los zapatos. Una chica me acompaña a una cabina forrada de espuma blanca y me encierra dentro. Israel me ha encerrado en una cabina de espuma. Una voz empieza a decirme que me puedo relajar y puedo hacer todo lo que quiera allí dentro, que grite, porque nadie me va a escuchar y nadie me va a grabar —me planteé seriamente si lo que yo hacía

allí dentro de verdad no se grababa, aún no estoy completamente segura de la respuesta. La idea de hacer que me relaje obviamente fracasa. Quiero salir de aquí. La chica vuelve, me saca de la cabina y me lleva a una sala llena de butacas de dentista, cada una con un monitor donde puedo elegir el proyecto que les he dicho antes. Me dice que me tengo que quedar hasta el final, porque “me darán un obsequio”. Asiento, me pongo los cascos y elijo el vídeo del famoso “Palestinian anonymous”. Un tío con una careta de cordero entra en escena. ¿Qué hará, qué hará? Lo habéis adivinado. Se empieza a masturbar. Cinco minutos. La careta tiembla al ritmo de la masturbación, lo que hace la

escena si cabe más violenta. Okay. Acaba de masturbarse, por fin, se levanta un poco la careta y escupe a la cámara. “Ahora me piro”, pienso. ¡Pero no! Una pantalla brillante me da a elegir entre dos caminos: “Ahora, ¡elige izquierda o derecha para oír la segunda opinión de nuestros expertos!”. La chica me mira mal. Yo quiero irme rápido, así que elijo el primero de los expertos. En la pantalla sale un hombre y empieza a hablar (parafraseo): “Como habéis visto, un hombre con la careta de la inocencia

, el palestino anónimo, ha ejercido un acto muy violento hacia vosotros, que lo creíais solo un cordero. Creo que la relación con la situación que vive nuestro país está enfocada desde un punto de vista muy creativo”. Gracias por explicarme la obra, no me habría imaginado nunca que Israel querría hacerme pensar en los palestinos como tíos que se masturban en mi cara.

Pero no pasa nada. Tengo mucha suerte, porque no soy palestina, así que la chica me sonríe y me acompaña a la salida, donde me da mi obsequio: un brazalete de plástico, adjunto la foto abajo. “Gracias, y hasta otra ocasión”.

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