Mujeres en flor: pequeño paseo imaginario de Han Kang a Maisie Cousins

“Our bodies are our gardens, to the which our wills are gardeners”

Othello, W. Shakespeare.

 

fotograma film
Fotograma de la película Vegetarian (채식주의자), de Lim Woo-Seong (Corea del Sur, 2009)

Hace unas semanas vi anunciada en Twitter la conversación que Han Kang, autora de La Vegetariana (채식주의자), iba a tener con el escritor Jorge Carrión en Barcelona. Hacía unos meses que había empezado a ser vegetariana y unos años que busco escritoras contemporáneas interesantes que leer, así que me llamó la atención y decidí cogerlo de la biblioteca. El libro me cautivó y lo leí enseguida. Como decía Carrión en el debate, La Vegetariana es un libro poético que deja grabadas imágenes: el suelo de la cocina cubierto de confecciones de carne, el bosque visto desde el autobús en el último capítulo, dos cuerpos cubiertos de flores pintadas. Pero más allá de las imágenes está la idea, obsesiva para la protagonista, Yeong-Hye, y para Kang; la respuesta a la pregunta de cómo ser inocente. Y, como todas las respuestas que dan los libros, es una respuesta que sirve para hacer florecer más preguntas.

En este caso concreto, las preguntas que florecen del libro aumentan porque la respuesta nos viene mostrada, no contada. El juego de narradores usado por Kang deja a su protagonista muda, cosa que abre un abanico de temas e interpretaciones fructífero e interesantísimo. Aquí no haré en ningún modo un análisis de la novela: quiero solo proponer algunas ideas sobre el motivo de las flores pintadas.

Yeong-Hye es una mujer que no soporta la violencia acumulada en su cuerpo, y parece estar dispuesta a eliminarla sistemáticamente asimilándola a todo lo que en ella es animal. Si el bosque te respira, abre el pulmón. Sé árbol, como canta Rubén Martín Díaz. En un momento dado, mantiene relaciones sexuales con un hombre que la objetualiza increíblemente. Todo alrededor de dicha objetualización gira alrededor de la flor: piensa la mujer a través de la mancha mongólica en forma de pétalo marcada en su piel, se excita pensando en pintarle flores y ante la perspectiva —solo al inicio voyeuristica— de ver cómo ella es penetrada por un pene-pistilo. Yeong-Hye es su mancha en forma de pétalo, Yeong-Hye es una flor. Pero Yeong-Hye no quiere convertirse en flor: quiere convertirse en árbol. ¿Cómo puede ser, entonces, que la más grande reconciliación con su cuerpo y su sexualidad animal se dé justo en este momento?

Se señala mucho la diferencia simbólica de la planta y de la flor, pero se hace poco énfasis en la unión que se establece entre las dos. En general, la planta es el sujeto, lo humano unido a la tierra y el cielo por su alma, la regeneración y el cambio ligado al paso del tiempo. La flor, en cambio, es el objeto cortado y efímero, el objeto de placer: tantas veces, como aquí para el personaje masculino, objeto sexual­­. Precioso, pero al fin y al cabo muerto, o al menos dominado por la mano del jardinero. No hace falta recordar la cantidad de azucenas marchitas de nuestra poesía, y debería llamarnos la atención que cuando se habla del origen de las flores en poesía venga primero a la mente Las flores del mal.

La flor no es una creación del hombre, como otros objetos. Leerla como tal, olvidando su origen, es dar la espalda a la realidad: las flores se encuentran naturalmente en la planta, y son expresión de esa vida concreta. Separar los dos símbolos, y ligar uno a la femineidad, es, efectivamente, como cortar la rama, olvidar la savia derramada, olvidar que la flor, sin la planta, está virtualmente muerta antes de marchitarse. La fuerza de este nexo es tan fuerte como la vida que lleva la planta. Cuando el hombre pinta a Yeong-Hye, no ve más allá de la sinécdoque por la cual ella es una extensión de su mancha en forma de pétalo. Ella es la flor, el objeto, él quien le da o le quita la vida. Pero cuando Yeong-Hye se descubre pintada, florece como la planta que aspira a ser. Es cierto que es una adquisición pasiva, pero yo diría que a través del sexo llega a empoderarse de ella. Yeong-Hye es árbol en primavera, mujer en flor.

La fuerza poética de este nuevo nexo entre mujeres y flores me cautivó. Quizás por ello, unos días después, me llamó tanto la atención la siguiente fotografía:

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Lilybum, Maisie Cousins (2015)

La imagen tiene un aire onírico, artificial, casi plástico. Sin embargo, la libertad maleducada con la que Cousins relaciona el lirio con el vello perianal de la mujer me parece extraordinariamente vital. El vello crece como las flores en las plantas, el culo de la mujer está a la misma altura que las flores, fragmento de cuerpo flotando en la amalgama del extraño líquido lila. Todo, absolutamente cada píxel de las fotos de Cousins es fresco, fértil, sexual. La mujer es como las flores, tal como son: la margarita deshojada, el cuerpo sin depilar, todo fruto de la vida, que está más allá, latente en el ectoplasma gelatinoso que los hace resaltar, que les da presencia en la fotografía, vida. Más allá de la imagen, que no es bella ni canónica, está la creadora, la mujer que lleva el cuerpo, la fotógrafa haciendo el montaje. El cuerpo florece de la vida igual que lo hacen las flores.

Igual que la novela de Kang es una respuesta que ofrece muchísimas preguntas, la obra de Cousins se puede vivir de muchas maneras diferentes. Hay algo, no obstante, que salta a la vista cuando responde las preguntas de algunos de los que la han entrevistado, y es su despreocupación general por la relación de sus fotografías con el canon. “There is no need for me to appeal to nice – I’m not making an advert for a perfume! I’m not interested in nice things; I like grossing myself out”, decía a la revista inglesa Dazed. Por supuesto, su obra no se adapta al canon, pero tampoco se construye en contra de él. Me gusta el tono con el que se expresa, la independencia que muestra. Por supuesto que es interesante confrontar las obras con el canon, pero no es un trabajo del artista. Estas obras tienen una fuerza propia, fuera de la historia patriarcal de la cual quizás provengan. Y digo quizás, porque no estoy segura de hasta qué punto es fructífero hablar de “Daphnes coreanas”, por mucho que Ovidio haya impregnado a estas alturas las sociedades asiáticas del siglo XXI. En cualquier caso, es esa poética lo más importante: es lo que las hace arte vivo, y no reelaboración de una mera discusión académica. Es así, al menos, como yo he elegido disfrutarlas. Estas muchachas no cogen las rosas: las hacen crecer.

 

Enlaces de interés

Vídeo de la conversación entre Han Kang i Jorge Carrión en el festival Kosmopolis del CCCB (http://www.cccb.org/en/multimedia/videos/han-kang-and-jorge-carrion/231256)

Fotografías de Maisie Cousins seleccionadas por The Guardian (https://www.theguardian.com/artanddesign/gallery/2017/may/23/maisie-cousins-floral-erotica-photo-london-in-pictures) 

Algunas entrevistas a Maisie Cousins

 

 

 

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