Pneumatología de la cotidianidad (I): semiótica de una regurgitación

El ritual gestual colectivo en torno a un charco de vómito en el metro.

    Una niña acaba de vomitar en el metro. El hermano, adolescente, muy falto de practicidad. El padre, otro manganzón. Solo la madre lidia como puede con el problema. Me molesta no poder haber sido de ayuda, ni siquiera con un trozo de papel, y también siento vergüenza. No es su parada, pero la familia huye de la escena bochornosa ni bien las puertas se abren: los varones, más por sonrojo; la madre, quien sostiene a la menor, por pura necesidad. Las puertas se cierran y ya todo está consumado. La historia bien podría haber acabado aquí, pero vale la pena prestar atención al desarrollo de este fragmento cotidiano.

    Se ha formado todo un ritual en torno al pequeño charco de restos gástricos. Todos los que desfilan por aquí van dedicándole sus mejores caras de asco. Hay quienes no se percatan a tiempo y su calzado queda bañado en la ignominia. También, hay quien se ha arrogado voluntaria y estoicamente el papel de guardián del orgullo urbano y avisa a tiempo de su condena a toda persona que entra impulsivamente o que está demasiado abyecta en sus pensamientos. No obstante, pronto se cansa, y se une al elenco de los que se ríen en voz baja de los desgraciados que se mojan en la vergüenza.

    Los más despistados reaccionan de diversas maneras, pero todos ellos han asumido determinados gestos que se sienten compelidos a realizar ante encrucijadas como esta. Si uno ha pisado el vómito, hay que demostrar malestar -aunque este no llegue a sentirse realmente- para que el resto pueda regodearse de haberse salvado del oprobio. Así funciona esta semiótica colectiva y así tiene que seguir funcionando: este es el precio que hay que pagar para que uno pueda gozar del otro papel otro día menos desafortunado, sin recibir reprimenda alguna a cambio.

    Algunos olvidan sus sentidos primarios y encuentran en aquel suelo de color de gos com fuig un punto de fuga donde adormecer la mirada y entregarse plenamente a sus cavilaciones. “Hoy fui demasiado idiota”, “Debí haber empezado a escribir el trabajo antes”, “Nunca más volveré a viajar a Rumanía en bus”, “Creo que me he enamorado”. Estos individuos, ya sea por inercia o por longevidad, se han apartado del ritual, ya no quieren formar parte de él y no cubren sus gestos con ninguna moral. Se comportan como en casa. Por su pureza, son los sujetos más propicios de análisis gestual primario.

    Hay quienes han sabido amordazar tan bien su reacción gestual natural que parece como si hubieran pisado el charco adrede, como para demostrar sus excelentes dotes de interpretación. El resto, privados del placer de verlo sufrir, nos damos cuenta de ello y con un pequeño fruncido le decimos: “pues ni se te ocurra reírte de nosotros cuando nos llegue la hora, hijo de puta”.

    Los más pequeños no hacen más que reír ante la muerte social de todo desgraciado. Son las carcajadas de los perdonados. A ellos se les está permitido reírse en voz alta, porque incluso ayudan a digerir el rubor del condenado: si este escucha las risas de menores puede sentirse acompañado dirigiéndoles una sonrisa de vuelta, aunque muchas veces esta sea de compromiso, pero mejor es esto a al cuchicheo del adulto. Es más, si alguno de los espectadores queremos pasarnos de la cuenta simplemente tenemos que reír con ellos, con los niños. Con un poco de suerte la complicidad nos traerá el perdón también.

   Así pues, si uno se fija más profundamente en las miradas dirigidas a aquel oasis orgánico, se da cuenta de que no solo hay asco en las caras. Hay ahí vergüenza, pero también orgullo. En ese charco de colores yacen todos los códigos morales y todas las normas que han salvado a la civilización de la incertidumbre. La culpa, la vergüenza, el oprobio: cuánto se puede comprender de la psicología de una sociedad con este pedacito de cotidianidad.