Del orden, la deriva y la tabula rasa literaria

No sé si recomendarles La Náusea de Jean-Paul Sartre. Es un extraño y fatigante viaje de ritmo completamente irregular que hace odiar y amar al parisino de manera intermitente. De todos modos, voy a usar la obra para, de manera nada fortuita, hablarles de algo más allá (¿qué es la crítica literaria y en última instancia, pensar, si no hablar de una cosa para en realidad abarcar otra?). En dicha novela aparece un personaje en extremo pintoresco: tanto que en lugar de tener nombre propio ,Sartre decide usar el apelativo de “Autodidacto” como nombre propio asignado (tal y como hace más veces en la obra como por ejemplo el corso de la biblioteca). Del personaje del Autodidacto podría ser redactada una tesis doctoral y aún faltaría espacio para seguir hablando de sus peculiaridades, pero traigo a este pobre diablo ahora para hablar de uno de sus rasgos más pintorescos: el Autodidacto es un personaje que se instruye leyendo todos los libros de la biblioteca de Bouville, pero lo hace de un modo curioso: decide leer los libros por orden alfabético de autoría, encontrándose durante el transcurso de la obra aproximadamente a media faena. De este modo, tenemos a un erudito que por azares del abecedario puede estar altamente informado sobre los artrópodos del sur del Amazonas y por la historia del siglo XVIII de un pueblo de menos de 2.000 habitantes sin haber leído jamás una obra de Shakespeare.

Esto sin duda me pareció un hecho curioso y hasta hilarante. Pero empecé a reflexionar sobre por qué me parecía gracioso (y un poco triste a la vez) y me sorprendí al descubrir que no era por lo absurdo del método (o no principalmente), sino por la propia existencia de un método sistemático para la adquisición de conocimientos. Algunos de ustedes puede que estén a punto de cerrar el navegador pensando vaya con el hippie veinteañero de turno. No se apuren si es el caso, por favor; terminen el artículo y si lo ven oportuno dejen un comentario diciendo cuán equivocado estoy, sin compromiso. Pero voy a explicarme antes. Lo primero que habrán pensado muchos es que cómo puedo negar la necesidad de sistematizar el saber, pues esa es la función principal de la educación. Obviamente si a un niño de 10 años le dejamos elegir libremente qué ha de saber las consecuencias serían catastróficas. Yo quiero hablar de una persona ya construida intelectualmente (más o menos), pongamos como ejemplo general (que no absoluto) alguien que ha terminado la educación secundaria.

Lo primero que se necesita tras terminar la enseñanza obligatoria es principalmente una predisposición al saber. Eso es esencial. Supongámosla pues. Muchos ya empezarán a considerar un plan de estudios para, por ejemplo, una persona de 18 años interesada en las letras, concretamente en la filosofía: «Pues lógicamente debe empezar por El banquete de Platón y proseguir con… ».Ahí surge mi crítica. No negaré que para muchos será interesante y hasta positivo predeterminarse un orden antes de empezar con el estudio, yo mismo incluso lo he hecho. Pero no nos engañemos: la gran mayoría de gente que siga un enfoque tan hierático como es el cronológico (siguiendo el ejemplo de la filosofía) no estará haciendo algo muy diferente al pobre Autodidacto, y muy seguramente para cuando llegue a Averroes o Santo Tomás de Aquino ya empezará a estar hastiada de tal orden. Es algo natural, tal imposición es verdaderamente agobiante para la mayoría, y a pesar de que si la seguimos con empeño podremos formular mejores relaciones entre sí, a la vez estaremos preocupados por no llegar a ciertos temas que nos puedan interesar más. Entonces, ¿qué hay que hacer? En mi opinión se deberían aplicar dos conceptos: el de deriva y el de tabula rasa.

El primero de los conceptos proviene de la corriente situacionista de la geografía urbana: su máximo exponente, Guy Debord, básicamente considera que para descubrir y disfrutar una ciudad uno debe echarse a andar por ella sin rumbo alguno, dejándose llevar por completo, prácticamente como si se estuviese en trance. Creo sinceramente que lo mismo debe hacerse con el aprendizaje una vez se han definido unos mínimos para que el estudiante pueda tener cierta autonomía. Uno debe empezar por aquello que más le gusta, que le genera verdaderas inquietudes. Por ejemplo, si a uno le interesa el fondo filosófico de la política actual: En lugar de empezar por Platón, luego seguir con Aristóteles, con mucho esfuerzo llegar a Maquiavelo, cuando esté al borde de rendirse ya leyendo a Hobbes y abandonar su búsqueda en Rousseau, debería sin duda empezar por la política actual. Que lea a Žižek y a Chomsky, cosa que por el curso natural de las cosas, si quiere entender bien e indagar, le llevará a Rawls, Stuart Mill… o incluso directamente a Platón, y de Platón pegar un salto a Montesquieu para volver a Maquiavelo. Pero esto no hay que forzarlo: ni con el criterio cronológico, ni con un rígido plan de estudios. Nada debe forzarlo. Este concepto de deriva está estrechamente relacionado al de tabula rasa.

Considero que todo lector debe presentarse con una tabula rasa mental a la hora de encarar una lectura: por eso precisamente soy un firme defensor de omitir cualquier tipo de prólogo, prefacio, introducción o estudio preliminar. Pero cuidado, esta omisión, dicha tabula rasa, debe darse solo en un primer momento. Pienso que uno debe ir con la mente lo más pura posible precisamente para agitarla con todo tipo de ideas durante la lectura: una mente pura es una mente que no comprende todo lo que lee, y una mente que no comprende todo lo que lee (asumiendo esa voluntad de conocer) es una mente que busca y anhela saber. Y es precisamente ese anhelo lo que va a provocar y amplificar esa deriva. Porque esa deriva se puede desatar en la primera página de un libro de Kant (y lo hará, incluso aunque no vengamos con una tabula rasa, créanme que lo hará) o puede venir a punto de terminar el último libro de Žižek, cuando en un momento determinado nos habla de un señor llamado Lacan como base de su pensamiento. O puede que no se nos presente ninguna duda en particular (cosa muy rara) y que simplemente a uno le ha gustado La transformación de Kafka y va al estudio preliminar de la obra para saber más (porque sí, claro que hay que volver a estos estudios e introducciones) y se lleva una sorpresa al leer tantas ideas a las que él no había sido capaz de llegar en una primera lectura.

Hay miles y miles de ejemplos. Aunque, como la mayoría de cosas en la vida no podemos hablar de la verdad absoluta: claro que este enfoque de la deriva y la tabula rasa tiene sus fallos, principalmente en relación a cada individuo, pues es un punto de vista que requiere una férrea voluntad de aprendizaje y exploración, mucha más que la de seguir un plan de estudio o lectura ya impuesto. Yo les insto con mis mejores deseos a hacer la prueba. Cojan un libro, el que más les interese en ese momento y ábranlo por la primera página, ya habrá tiempo de prólogos. Piérdanse. No entiendan nada más empezar. Busquen, y cuando ya lo hayan hecho, busquen más todavía. Apasiónense, amen el saber, traten de capturarlo mientras, de manera escurridiza, esa verdad que ya casi teníamos se pierde en otro libro. No se aburran nunca del saber. No se hastíen por culpa de cánones académicos u órdenes establecidos. En definitiva: no sean el Autodidacto.