La juventud ante die Enge: menos experiencia y más teoría en la primavera.

Un alegato en favor de la reclusión libresca en la mocedad de la mano de Kafka, Lenin y Tolstoi.

Para el mosquito
también la noche es larga,
larga y sola.
-Kobayashi Issa

Viaja, ríe y disfruta. No es esta la máxima que define a una “generación perdida” –como tanto gustan denominar los nostálgicos a los jóvenes a quienes no ven más que como verdugos de sus paradigmas que pretenden sagrados e inmutables-, sino más bien de una consigna que rima con la superficialidad de cada tiempo. Ciertamente, mi generación rinde culto a la experiencia, no sin motivo para ello, pues es la vivencia la que aporta indelebilidad a lo conocido. Sin embargo, la sacralización de la misma permite vislumbrar su misma limitación: la experiencia no se interpreta a sí misma. Así, el trotamundos que se vanagloria de tener en el haber de su experiencia huellas en los cinco continentes pero que no van más allá de anécdotas de entretenimiento en cenas familiares tediosas, tiene sus caminos mentales tan o más erosionados que quien no se ha movido del sofá de su casa.

Es en la juventud donde se desarrollan las intuiciones de nuestro sentido-mundo y, por tanto, su completo descarrilamiento en la impertérrita nube del devenir empírico-sensible difícilmente nos ayudará a interpretarlas. Si lo que se pretende, por el contrario, es comprenderlas y contrastarlas, debemos asumir -no sin cierto estoicismo- una limitación voluntaria de nuestra potencialidad práctica para hacer frente a la gran patología que aún azota al hombre moderno :  die Enge[1] o <<la estrechez>> -la opresión de la realidad- que es, a su vez, lo que nos lanza a una entrega absoluta por la experiencia tangible. De este modo, para poder sentirnos libres hace falta aprisionarnos y concentrar nuestro ímpetu intelectual al fuero interno.

Cuando esto sucede, cuando todo lo superficial ha sido desnudado y de ello solo queda un frágil esqueleto de lo otrora trascendental, ni siquiera lo que se consideraba más profundo deja de ser profanado por el destello del absurdismo. Lenin, Tolstoi y Kafka llegaron a vivir esta sensación durante su juventud. Este último -a quien no le fue ajeno dicho proceso- escribe en una de las entradas de su diario personal lo siguiente:

Me aburren las conversaciones, me aburre hacer visitas, las penas y las alegrías de mis parientes me aburren hasta lo más íntimo de mi alma. Las conversaciones menguan la importancia, la seriedad y la verdad de todo lo que pienso.[2]

Qué queda por hacer, pues, frente a la crudeza que se deriva de esta toma de consciencia fatal. La resignación a una vida contemplativa parece ser el camino más razonable. El joven Vladímir Uliánov -más tarde Lenin- es recordado por su hermana mayor de la siguiente manera:

Su mayor placer era entregarse a los libros. No soportaba perder el tiempo y podía ser claramente insociable si creía que se estaban interrumpiendo indebidamente sus estudios. Cuando su madre esperaba visitas en Alakaevska a las que él no conocía, desaparecía y se atrincheraba entre sus libros. Permitía como una excepción que su hermana María se sentara con él y la ayudaba en sus tareas estudiantiles.

Y más adelante:

Uliánov en concreto se concentró en formarse como teórico. Se consideraba que eran los libros y no la gente los que suministraban soluciones.[3]

Pero ni Lenin ni Kafka se abocaron a la reclusión social como religión y a una perpetua formación libresca, sino que llegaron a fusionarse con los hechos hasta un punto tal que nos sería imposible separar su biografía de la propia historia. ¿Dónde se encuentra entonces el equilibrio entre teoría y práctica?

Una vez hemos dado con la consciencia de die Enge, irrumpen dos procesos en nuestro desarrollo cognitivo: uno centrípeto que contrae al propio yo (teoría), y otro centrífugo de expulsión del yo (experiencia). Ambas sinergias -contrarias pero no contradictorias- son necesarias para afrontar la Náusea del mundo moderno y se retroalimentan de tal modo que nada que no valga la pena entre o salga. Es la segunda de estas -el yo centrífugo- a través de la cual se ejercitan nuestras intuiciones, capaces de percibir la esencia de “las cuestiones del destino del ser humano” antes de siquiera estudiarlas (como diría Calvino, reencontrarse con uno mismo a través de la lectura de los clásicos, saber que nuestros pensamientos ya han sido pensados). Tolstoi describe esta situación en un pasaje de sus Memorias, haciendo referencia a su propia reclusión cuando adolescente:

Un año viví en aquel aislamiento del que ya he hablado y que me invitaba a la reflexión. Durante él, me asaltaron las impenetrables cuestiones del destino del ser humano, la inmortalidad del alma y la vida futura. Y yo, con el ímpetu propio de mi inexperiencia, y sin que la debilidad de mi mente infantil fuera obstáculo para ello, trataba de resolver estos problemas, que son los más importantes que pueden ofrecerse al pensamiento humano, pero cuya solución nos está vedada.[4]

En suma, la juventud debe estar regida por la inmersión total a los clásicos, mediante el estudio y la lectura profunda. No significa esto que debamos descuidar nuestro aprendizaje mediante la experiencia, pero nuestro desarrollo se queda incompleto si depositamos la esperanza de nuestros cambios fundamentales en ella.

La condena del hombre moderno es la que proviene de él mismo, ante la desesperación de una libertad sin manual de instrucciones, sumergido en un Proceso interminable cuyo Tribunal es el propio acusado. El joven que no ha sabido imponerse a la superficialidad de su modernidad líquida, que solo vive para entregarse a la experiencia superflua, desperdicia la indagación lúcida y apasionada en el estudio de las cuestiones trascendentales de la que su propia condición le hace capaz. Vivirá hasta el fin de sus días como un étranger que ha captado el absurdo de cada secuencia cotidiana y, por tanto, de todo lo importante: el desayuno y la muerte, el qué-buen-día-hace-hoy y la amistad, las largas colas y el amor, pero que nada sabrá interpretar de toda su experiencia.

[1] CITATI, Pietro, Kafka, Quaderns Crema, Barcelona, 2012, traducción de Anna Casassas, p.28.
[2] KAFKA, Franz, Diaris: 1910-1923, edicions 62, Barcelona, 1988, traducción de Francesca Martínez, p. 193.
[3] SERVICE, Robert, Lenin. Una biografía, Siglo veintiuno, Madrid, 2001, traducción de José Manuel Álvarez Flórez, pp. 76- 77.
[4] TOLSTOI, Leon, Infancia, adolescencia y juventud, Bruguera, Barcelona, 1982, traducción de José Fernández Sánchez, p. 210.